Vivimos tiempos donde el insulto impera, las groserías prosperan y la violencia verbal abunda.
Lo preocupante no es solo lo que escuchamos en la calle, en las redes o en los medios.
Es cuando ese lenguaje comienza a parecernos normal y termina saliendo de nuestra propia boca.
Quienes obedecemos a Dios, tenemos un desafío mayor: no imitar el lenguaje de un mundo que necesita escuchar palabras de paz.
Una palabra puede ser un golpe.
Pero también puede ser una medicina.
¿Qué están diciendo nuestras palabras de nosotros y de nuestra fe?
Cuidemos lo que decimos.
También con nuestras palabras comunicamos quiénes somos.

Comentarios
Publicar un comentario
Cristo te ama y me ama. Quiere que estemos en comunicación.