WINSTON CHURCHILL: EL HOMBRE QUE DUDABA DE DIOS Y CAMINABA CON SU DESTINO


Winston Churchill no fue un hombre de fe convencional. Sin embargo, durante los años más oscuros de la segunda guerra mundial habló de Dios, de providencia, de destino, de esperanza y llegó incluso a respaldar jornadas nacionales de oración en Gran Bretaña.
 

Aquí comenzó una de las contradicciones más interesantes de su vida: el hombre que había perdido la fe cristiana terminó utilizando el lenguaje de la fe para sostener a una nación. 

Trataremos de conocer familiarmente al Churchill que sobrevivió cuatro atentados, vio su carrera arruinada varias veces, sufrió la humillación pública de Galípoli y que aun así, en 1940, con Gran Bretaña sola frente a Hitler, se puso de pie ante el parlamento como si toda su vida hubiera sido el ensayo de ese único momento.

El niño que aprendió la Biblia 

Churchill nació el 30 de noviembre de 1874, en Blenheim Palace, justamente en la habitación del capellán privado del duque de Marlborough, debido a que a su madre Lady Jerome se le presentó el parto prematuro mientras visitaba el palacio y ante la urgencia hubo que preparar el cuarto mas próximo para asistir a la parturienta.

Fue bautizado en la iglesia de Inglaterra y creció dentro de la tradición anglicana. 


Su niñera, Elizabeth Everest, tuvo una influencia especial en su infancia y contribuyó a familiarizarlo profundamente con la Biblia.
Aquellas palabras aprendidas desde una mujer de fe, nunca desaparecieron de su memoria. 

Más tarde, Churchill desarrollaría una de las voces más reconocibles de la política del siglo XX y la Biblia, especialmente la versión King James, formó parte de la tradición literaria que alimentó su extraordinario dominio del lenguaje. 


Pero en la juventud llegó la ruptura. Churchill comenzó a cuestionar el cristianismo, abandonó la fe cristiana convencional, n
o aceptaba la divinidad de Cristo ni la idea de Cristo como salvador. 

El niño que había aprendido las Escrituras se convirtió en un adulto escéptico, que paradójicamente no dejó de mirar hacia la tradición cristiana. 


“No soy un pilar de la iglesia”
expresó Churchill, describiendo alguna vez su relación con la iglesia por medio de una imagen memorable: no era un pilar, sino un contrafuerte. Según su visión, sostenía la iglesia desde afuera y
 esa frase resume buena parte de su relación con la religión: 

No era un cristiano practicante y asistía a servicios religiosos principalmente por razones familiares, sociales o ceremoniales. 

La expresión revela mucho: Churchill estaba fuera, pero seguía mirando hacia dentro. No aceptaba plenamente la doctrina cristiana, pero conservaba una profunda familiaridad con sus palabras, sus símbolos y su visión de la civilización.

Algunos estudiosos lo describen como un agnóstico que sin embargo conservaba una profunda admiración por la Biblia, por la liturgia, por la tradición cristiana y también sostenía una idea que resulta fundamental para comprenderlo: 'la providencia'. 

Y es que su pensamiento no encajaba fácilmente en las categorías de creyente o incrédulo. 

La propia International Churchill Society señala que Churchill mantuvo una creencia residual en una fuerza superior o providencia, mientras rechazaba el cristianismo tradicional.

En una ocasión dijo que su vida tenía un propósito trazado por una mano que no era la suya. Lo dijo con su humor característico, mordaz y profundo a la vez: "Todos somos gusanos. Pero yo sí creo que soy una luciérnaga."

Cuando el escéptico llamó a una nación a orar 


Entonces llegó 1940. 
 Francia había caído. 
 Gran Bretaña enfrentaba una amenaza existencial. 

Churchill asumió como primer ministro y describió posteriormente aquel momento como una sensación de estar “caminando con el destino”, su lenguaje comenzó a cambiar y sus discursos incorporaron referencias bíblicas y litúrgicas. 

Pero ocurrió algo todavía más llamativo: Churchill apoyó las jornadas nacionales de oración. 

Entre 1940 y 1945, las jornadas especiales de oración y los servicios religiosos llegaron a formar parte de actos respaldados institucionalmente por el estado británico. 


Esto no significa que Churchill se hubiera convertido en un cristiano practicante: la historia es más interesante que eso. Churchill comprendía que una nación sometida a la guerra necesitaba algo más que estrategias militares. Necesitaba esperanza, y Churchill sabía hablarle a la esperanza. 

El hombre detrás de la voz

Pero detrás del estadista estaba un hombre que también conoció la pérdida y el dolor. Churchill habló de sus períodos de profunda tristeza y utilizó la expresión “perro negro” para referirse a ellos. 


En 1921 enfrentó uno de los golpes más duros de su vida: la muerte de su pequeña hija Marigold, de menos de tres años. Su mundo privado también conoció la fragilidad que ningún discurso podía ocultar, y aquí es donde debemos ser cuidadosos. 

No sabemos exactamente qué ocurrió en su relación con Dios en los momentos más dolorosos de su vida y no necesitamos inventarlo, de hecho la ambigüedad forma parte de la historia. 

El enigma de Churchill


Churchill no fue un hombre de fe sencilla. Tampoco fue simplemente un hombre sin fe, fue un hombre marcado profundamente por la tradición cristiana, escéptico frente a sus doctrinas y, al mismo tiempo, capaz de recurrir a su lenguaje para levantar el ánimo de millones de personas. 

  • Hizo planes. 
  • Buscó poder. 
  • Conoció derrotas. 
  • Volvió a levantarse. Y en 1940 se encontró ocupando un lugar que cambiaría para siempre su vida y la historia de Gran Bretaña.
Ahí vuelve el corazón de esta serie: nuestros planes pueden prepararnos para un momento que nunca imaginamos. Churchill caminó hacia ese momento con sus propias convicciones, sus dudas y sus contradicciones y la historia hizo el resto. 

El último acto de un hombre que ya había ensayado su despedida 

En enero de 1965 Winston Churchill tenía 90 años, hacía tiempo que había dejado el poder y apenas hablaba. 

Los que lo visitaban contaron que pasaba horas sentado y que en esos días confesó a su yerno que estaba aburrido de todo. 

Nadie puede confirmar la frase palabra por palabra, pero muchos biógrafos la recogen porque retrata muy bien a un hombre que había vivido demasiado intensamente como para conformarse con la quietud. 

El 10 de enero sufrió un derrame cerebral severo y cayó en un sueño profundo del que ya no despertó. 

Durante dos semanas, Gran Bretaña entera contuvo el aliento y fuera de su casa en Hyde Park Gate se agolparon periodistas y gente común, mientras adentro, la familia esperó. 

El 24 de enero de 1965, a las ocho de la mañana, Winston Churchill murió 

Un funeral ensayado durante siete años 

Lo que ocurrió después no tiene comparación.
Churchill llevaba desde 1958 planificando su propio funeral, con un detalle casi obsesivo. 

Se le llamó 'Operation hope not', "Operación sin esperanza", un nombre irónico que refleja su humor negro. 

Eligió los himnos, el recorrido y hasta el orden de las ceremonias. 

El 30 de enero de 1965, en la catedral de san Pablo, se celebró el funeral de Estado más grande que Inglaterra había visto en más de un siglo. 

Cientos de miles de personas hicieron fila en las calles de Londres y  en el Támesis ocurrió algo que quienes lo vieron nunca olvidaron: las grúas del puerto inclinaron sus brazos, una tras otra, como una reverencia de acero al hombre que había defendido la isla. 

Aquí regresa la pregunta con la que empezamos. 
¿No era Churchill ese agnóstico que asistía a la iglesia solo por compromiso social? Pues él mismo había escogido los himnos para su despedida: cantos de fe cristiana, entonados por millones frente a una catedral. 

El escéptico terminó su historia dentro de la liturgia que decía no habitar del todo. 

El reposo final 

Fue sepultado en el pequeño cementerio de la iglesia de San Martín, en Bladon, a pocos kilómetros de Blenheim, el palacio donde había nacido. 

Nació en el cuarto reservado al capellán y descansa en el cementerio de una iglesia de pueblo. Todo su camino, de la cuna a la tumba, estuvo rodeado de lo sagrado, aunque él nunca se declaró dueño de esa fe. 

La frase que quedó flotando 

Se atribuye a Churchill una respuesta a quien le preguntó sobre la muerte.  Dijo 'que estaba listo para encontrarse con su creador, pero que si su creador estaba preparado para semejante prueba era otro asunto".

Es humor británico, pero también es el retrato de un hombre que, aun con la muerte al frente, no perdió la costumbre de hablar de Dios.

Y quizás eso es lo que esta serie viene diciendo desde el principio: los planes humanos pueden ser magníficos, ensayados durante años, dirigidos hasta el último himno. Pero es Dios quien decide cuándo baja el telón, y cada uno de nosotros, incluso el más grande, termina ante Él sin discurso preparado.

Si deseas tener una experiencia en video sobre esta exposición, te invito a verlo debajo de estas lineas. 


Hasta la próxima entrega de

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