Hay hombres que se acercan tanto al misterio del universo, que uno esperaría verlos caer de rodillas ante la presencia del ser soberano que lo creó.
Albert Einstein fue
uno de ellos. Descifró las leyes que gobiernan el tiempo, el espacio y la
energía, tocó, con la razón, los límites mismos de la creación, y sin embargo al final del camino, decidió no darle un nombre divino a lo que había
encontrado.
Nacido en Ulm,
Alemania, en 1879, Einstein revolucionó la física del siglo XX con su teoría de
la relatividad que cambió para siempre la manera en que entendemos el tiempo y
el espacio.
Existe un dato
curioso que raya en lo moral; por el acuerdo de divorcio firmado con su primera
esposa, Mileva Marić, en 1919, Einstein había prometido que si ganaba el Nobel,
el dinero sería para ella.
Cuando lo ganó, cumplió su palabra y casi 180.000 francos suizos que equivalían a unos 32.000 dólares de la época, pasaron íntegros a su exesposa.
Como docente, sin embargo, Einstein fue una figura irregular y nunca hizo carrera en la enseñanza tradicional.
Tanto en Berlín, Alemania como después en Princeton, EEUU, negoció puestos con pocas o ninguna obligación de dar clases, prefiriendo trabajar solo o con grupos muy reducidos.
II. EL ASOMBRO SIN
FE
III. LA CARTA DE
DIOS
En ella fue
contundente: para él, la palabra Dios no era más que la expresión de la
debilidad humana, y consideraba la Biblia una colección de leyendas primitivas.
También rechazó la idea de que el pueblo judío, al que de hecho pertenecía y con el que se sentía identificado, fuera un pueblo elegido por encima de los demás.
Esa carta, a propósito, fue vendida en publica subasta en Christie's en 2018 por $2,892,500 millones de dólares y es hoy uno de los documentos más claros sobre su postura personal frente a la religión.
IV. LA ANTÍTESIS:
CONOCER LA MATERIA, NO RECONOCER AL CREADOR
Es una paradoja que la Biblia ya había advertido; se puede tener ante los ojos toda la evidencia del diseño y aun así elegir no ver la mano detrás de él.
Einstein miró el reloj más complejo jamás observado, y se quedó fascinado con los engranajes, sin preguntarse por el relojero.
V. LO PERSONAL: EL
GENIO Y SUS SOMBRAS
Ese mismo patrón;
brillantez extraordinaria y coherencia limitada, se repite en su vida privada.
Su primer matrimonio, con Mileva Marić, una matemática brillante, terminó en distancia y divorcio; Einstein le fue infiel y finalmente la dejó por su prima Elsa.
Con sus hijos, la relación fue igual de irregular. Su hijo Eduard, diagnosticado con esquizofrenia, pasó buena parte de su vida internado, y Einstein lo visitó muy poco en sus últimos años.
No es un dato para
el morbo, sino para la coherencia narrativa del episodio: la grandeza
intelectual no garantiza grandeza personal, y esa es, otra vez, una antítesis
útil frente a otros personajes de esta serie, donde la fe sí dejó una huella de
coherencia de vida.
VI. LA BOMBA QUE NO CONSTRUYÓ, PERO HIZO POSIBLE
Esa carta fue el origen del Proyecto Manhattan, liderado por Oppenheimer. Sin embargo, la inteligencia militar estadounidense lo vetó del proyecto por sus simpatías de izquierda y nunca participó directamente en construir la bomba.
VII. LA HERENCIA
QUE DEJÓ
Esa herencia intelectual de Einstein, se ha convertido en una fuente millonaria para la universidad, que durante años lo mantuvo en la lista Forbes de "celebridades fallecidas" con mayores ingresos: una ironía notable para un hombre que en vida se resistió a comercializar su imagen.
En esta ocasión, ocurrió una situación única; rechazó una cirugía experimental de último recurso.
En su última noche,
habló de política y de ciencia y le pidió a su secretaria que no se preocupara,
porque la muerte, decía, "tenía que llegar en algún momento".
No existe evidencia
de una conversión religiosa de última hora.
Murió con la misma
serenidad racional con la que vivió; sin necesidad de un Dios personal para
enfrentar el final.
Sus últimas palabras, según testimonios de personas presentes, fueron dichas en alemán a una enfermera que solo hablaba inglés y se perdieron para siempre. El hombre que descifró el lenguaje del universo, se despidió en un idioma que ninguno de los presentes pudo entender.
Su genio no está en duda.
Su honestidad
tampoco: nunca fingió una fe que no tenía.
Pero su vida es, precisamente por eso, la antítesis perfecta para esta serie, la prueba de que se puede mirar de frente el diseño del universo, y aun así, elegir no arrodillarse ante quien lo diseñó, porque aun el genio más grande de la historia, no puede sustituir el reconocimiento del Creador.
Si deseas tener una experiencia en video sobre esta exposición, te invito a verlo debajo de estas lineas.
Hasta nuestra próxima entrega de

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Cristo te ama y me ama. Quiere que estemos en comunicación.