ALBERT EINSTEIN: EL GENIO QUE DESCIFRÓ EL UNIVERSO Y NO RECONOCIÓ A SU CREADOR

Hay hombres que se acercan tanto al misterio del universo, que uno esperaría verlos caer de rodillas ante la presencia del ser soberano que lo  creó.

Albert Einstein fue uno de ellos. Descifró las leyes que gobiernan el tiempo, el espacio y la energía, tocó, con la razón, los límites mismos de la creación, y sin embargo al final del camino, decidió no darle un nombre divino a lo que había encontrado.

Hoy, en Planes humanos, decisiones de Dios, no hablamos de un hombre de fe. Hablamos de su antítesis: el genio que conoció la materia a fondo, pero no reconoció al creador de esa materia.

 I. EL GENIO

Nacido en Ulm, Alemania, en 1879, Einstein revolucionó la física del siglo XX con su teoría de la relatividad que cambió para siempre la manera en que entendemos el tiempo y el espacio.

 En 1921 recibió el Premio Nobel de Física, no por la relatividad, que aún era discutida, sino por su explicación del efecto fotoeléctrico.

Existe un dato curioso que raya en lo moral; por el acuerdo de divorcio firmado con su primera esposa, Mileva Marić, en 1919, Einstein había prometido que si ganaba el Nobel, el dinero sería para ella.

Cuando lo ganó, cumplió su palabra y casi 180.000 francos suizos que equivalían a unos 32.000 dólares de la época, pasaron íntegros a su exesposa.

Como docente, sin embargo, Einstein fue una figura irregular y  nunca hizo carrera en la enseñanza tradicional.

Tanto en Berlín, Alemania como después en Princeton, EEUU, negoció puestos con pocas o ninguna obligación de dar clases, prefiriendo trabajar solo o con grupos muy reducidos.

 Llegó a escribirle a una joven "que había venido a Princeton solo a investigar, no a enseñar".

 Es una paradoja. El hombre que cambió la manera en que la humanidad entiende el cosmos, no encontró en el aula su vocación para enseñarlo.

II. EL ASOMBRO SIN FE

No era ateo en el sentido estricto. Hablaba, de hecho, de "Dios" con frecuencia, pero su Dios no era un Dios personal, sino el orden y la armonía del universo, lo que él llamaba el 'Dios de Spinoza'. 

Albert Einstein dijo que creía en el Dios del filósofo Baruch Spinoza quien exponía sobre un Dios que se revela en la armonía ordenada del universo, y no en una divinidad personal que juzga o se preocupa por los destinos y acciones de los seres humanos. 

Su famosa frase "Dios no juega a los dados" no era una declaración de fe, sino una forma de expresar su convicción de que el universo obedecía leyes precisas, no al azar. 

Esta apreciación fue una fascinación genuina, casi religiosa, ante el diseño del cosmos, pero ahí se detuvo y nunca dio el salto de la admiración por el orden, a la fe en un creador personal.

III. LA CARTA DE DIOS

El 3 de enero de 1954, un año antes de morir, Einstein le escribió al filósofo Erik Gutkind una carta que hoy se conoce como "la carta de Dios".

En ella fue contundente: para él, la palabra Dios no era más que la expresión de la debilidad humana, y consideraba la Biblia una colección de leyendas primitivas.

También rechazó la idea de que el pueblo judío, al que de hecho  pertenecía y con el que se sentía identificado, fuera un pueblo elegido por encima de los demás.

Esa carta, a propósito, fue vendida en publica subasta en Christie's en 2018 por $2,892,500 millones de dólares y  es hoy uno de los documentos más claros sobre su postura personal frente a la religión.

IV. LA ANTÍTESIS: CONOCER LA MATERIA, NO RECONOCER AL CREADOR

Aquí está el corazón de este episodio. Einstein dedicó su vida a estudiar la materia, la energía, el tiempo, el espacio, que es el tejido mismo de la creación.

Nadie en el siglo XX se acercó tanto, desde la razón humana, a las leyes que sostienen el universo y sin embargo, ese conocimiento profundo de la obra no lo condujo a reconocer al autor de la misma.

Es una paradoja que la Biblia ya había advertido; se puede tener ante los ojos toda la evidencia del diseño y aun así elegir no ver la mano detrás de él.

Einstein miró el reloj más complejo jamás observado, y se quedó fascinado con los engranajes, sin preguntarse por el relojero.

V. LO PERSONAL: EL GENIO Y SUS SOMBRAS

Ese mismo patrón; brillantez extraordinaria y coherencia limitada, se repite en su vida privada.

Su primer matrimonio, con Mileva Marić, una matemática brillante, terminó en distancia y divorcio; Einstein le fue infiel y finalmente la dejó por su prima Elsa.

Con Elsa, el patrón se repitió: numerosas relaciones paralelas documentadas a lo largo de los años.

Con sus hijos, la relación fue igual de irregular. Su hijo Eduard, diagnosticado con esquizofrenia, pasó buena parte de su vida internado, y Einstein lo visitó muy poco en sus últimos años.

No es un dato para el morbo, sino para la coherencia narrativa del episodio: la grandeza intelectual no garantiza grandeza personal, y esa es, otra vez, una antítesis útil frente a otros personajes de esta serie, donde la fe sí dejó una huella de coherencia de vida.

VI. LA BOMBA QUE NO CONSTRUYÓ, PERO HIZO POSIBLE

En 1939, junto al físico Leo Szilard, Einstein firmó la carta que alertó al presidente de Estados Unidos, Franklin D. Roosevelt, sobre la posibilidad de que Alemania desarrollara armas nucleares.

Esa carta fue el origen del Proyecto Manhattan, liderado por Oppenheimer. Sin embargo, la inteligencia militar estadounidense lo vetó del proyecto por sus simpatías de izquierda y nunca participó directamente en construir la bomba.

Después que la bomba cayó en Hiroshima, Japón, la culpa lo persiguió el resto de su vida.

 Llegó a decir que, de haber sabido que Alemania no lograría la bomba, jamás habría firmado esa carta y en 1945 incluso pidió reunirse con Roosevelt para disuadirlo de su uso, pero no llegó a tiempo. El presidente murió.

VII. LA HERENCIA QUE DEJÓ


Nunca amasó una gran fortuna material, pese a ser de los científicos mejor pagados de su época.

 Lo verdaderamente valioso llegó después de su muerte: en su testamento, legó todos sus manuscritos, derechos de autor y el uso de su imagen a la universidad Hebrea de Jerusalén, institución que él mismo ayudó a fundar.

Esa herencia intelectual de Einstein, se ha convertido en una fuente millonaria para la universidad, que durante años lo mantuvo en la lista Forbes de "celebridades fallecidas" con mayores ingresos: una ironía notable para un hombre que en vida se resistió a comercializar su imagen.

 VIII. EL FINAL

Einstein murió el 18 de abril de 1955, en el hospital de Princeton, EEUU, a los 76 años, por un aneurisma aórtico.

En esta ocasión, ocurrió una situación única; rechazó una cirugía experimental de último recurso.

 Dijo Einstein: "hice mi parte, es hora de irse, y lo haré con elegancia".

En su última noche, habló de política y de ciencia y le pidió a su secretaria que no se preocupara, porque la muerte, decía, "tenía que llegar en algún momento".

 No hubo giro espiritual.

No existe evidencia de una conversión religiosa de última hora.

Murió con la misma serenidad racional con la que vivió; sin necesidad de un Dios personal para enfrentar el final.

Sus últimas palabras, según testimonios de personas presentes, fueron dichas en alemán a una enfermera que solo hablaba inglés y se perdieron para siempre. El hombre que descifró el lenguaje del universo, se despidió en un idioma que ninguno de los presentes pudo entender.

Albert Einstein nos deja una pregunta incómoda, pero necesaria: ¿de qué sirve conocer la obra, si no reconocemos al Autor?

Su genio no está en duda.

Su honestidad tampoco: nunca fingió una fe que no tenía.

Pero su vida es, precisamente por eso, la antítesis perfecta para esta serie, la prueba de que se puede mirar de frente el diseño del universo, y aun así, elegir no arrodillarse ante quien lo diseñó, porque aun el genio más grande de la historia, no puede sustituir el reconocimiento del Creador.

Si deseas tener una experiencia en video sobre esta exposición, te invito a verlo debajo de estas lineas. 

Hasta nuestra próxima entrega de 

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