Hay artistas cuya fe apenas se intuye; se descubre entre símbolos, gestos o interpretaciones posteriores. Con Johann Sebastian Bach ocurre exactamente lo contrario.
No hace falta especular sobre sus convicciones, el mismo las escribió al comienzo y al final de casi todas sus composiciones.
Antes de empezar una obra anotaba dos letras:
J.J. (Jesu Juva), "Jesús, ayúdame".
Al concluirla escribía tres más:
S.D.G. (Soli Deo Gloria), "Solo a Dios la gloria".
No eran adornos. Eran una declaración de principios: cada partitura comenzaba con una oración y terminaba con un acto de gratitud.
Resulta llamativo que el músico considerado por muchos como el mayor genio musical de la historia occidental no quisiera que su nombre fuera el centro de su obra.
Mientras nuestra época nos invita a construir una marca personal, Bach parecía empeñado en desaparecer detrás de la música.
Un niño al que el dolor le habló muy temprano.
Johann Sebastian Bach nació en 1685 en Eisenach, Alemania, dentro de una familia donde la música era casi un idioma materno.
Durante generaciones, los Bach habían servido como organistas, compositores y músicos de iglesia.
Pero la infancia del pequeño Johann estuvo marcada por pérdidas que habrían quebrado a muchos adultos.
A los nueve años murió su madre.
Poco después falleció su padre.
Con apenas diez años quedó huérfano.
Su hermano mayor, Johann Christoph, organista de una iglesia luterana, lo recibió en su casa. Allí continuó aprendiendo música, pero también heredó algo más profundo: una formación bíblica seria y una disciplina espiritual que marcarían toda su existencia.
Con el tiempo reunió dos ediciones completas de las obras de Martín Lutero, demostrando que no era un creyente por costumbre familiar, sino, un hombre que estudiaba su fe.
Cuando la Reforma también transformó la música
Si queremos comprender a Bach, debemos mirar dos siglos atrás, cuando Martín Lutero mostraba su convicción de que la música era uno de los regalos más extraordinarios que Dios había dado al ser humano.
Después de la teología, decía, Lutero, ninguna disciplina ocupaba un lugar tan elevado.
Mientras durante siglos gran parte de la música sacra había permanecido en latín y reservada para coros especializados, la Reforma Protestante impulsó el canto congregacional y el pueblo comenzó a participar activamente en la adoración.
Ese ambiente moldeó profundamente a Bach porque para el, la música no era un simple adorno del culto, era una forma de enseñar la Palabra de Dios. Era teología hecha sonido.
Quizá por eso dedicó buena parte de su vida a escribir una nueva cantata para cada domingo del calendario litúrgico.
Semana tras semana componía obras que ayudaban a la congregación a comprender las escrituras.
Mucho antes de la radio, la televisión o internet, Bach ya entendía que una melodía podía comunicar una verdad capaz de permanecer en la memoria durante toda la vida.
La Biblia que permaneció en silencio durante dos siglos
Existe un hallazgo que cambió la forma en que los historiadores entendían la espiritualidad de Bach.
Durante muchos años se creyó perdida su Biblia personal y cuando finalmente apareció en una casa de Michigan, Estados Unidos y fue estudiada, los investigadores encontraron cientos de subrayados y anotaciones manuscritas.
No eran frases preparadas para ser publicadas, eran pensamientos privados.
Junto a los capítulos de 1 Crónicas donde se describe la organización de los músicos del templo, Bach escribió observaciones que revelan su comprensión de la música como parte del servicio a Dios.
En otro pasaje dejó una afirmación que resume toda su vida: "En una música devota, Dios siempre está presente con su gracia."
Bach no estaba escribiendo un tratado de estética, estaba confesando una convicción.
Para Bach, la música no solo emocionaba, también podía acercar el corazón humano a Dios.
El quinto evangelista
No es casual que algunos estudiosos lo hayan llamado "el quinto evangelista". No porque escribiera un nuevo Evangelio sino porque consiguió transmitir el mensaje cristiano mediante el lenguaje universal de la música.
Su “Pasión según San Mateo”, sigue siendo considerada una de las obras musicales más profundas jamás compuestas.
Incluso Friedrich Nietzsche, uno de los críticos más severos del cristianismo, reconoció que al escuchar esa obra era posible experimentar el Evangelio con una intensidad extraordinaria.
Es una paradoja fascinante, un filósofo que cuestionó la fe terminó admirando la capacidad de Bach para comunicarla.
Un maestro de la comunicación
Aquí aparece una lección que trasciende la música.
Vivimos convencidos de que comunicar consiste únicamente en hablar, pero Bach demuestra lo contrario: también comunica
- Quien educa con su ejemplo.
- Quien organiza su trabajo con excelencia.
- Quien convierte su profesión en un acto de servicio.
- Quien entiende que la belleza también puede transmitir verdad.
Cada compositor, cada docente, cada médico, cada empresario y cada líder comunican algo, aun cuando no pronuncie una sola palabra, dando paso asi a la pregunta inevitable:
¿Qué estamos comunicando con nuestra manera de trabajar?
Un legado que sobrevivió al olvido
Cuando Bach murió en 1750, su música comenzó a desaparecer lentamente de los grandes escenarios. Parecía que la historia lo había olvidado.
Sin embargo, casi ochenta años después, un joven compositor llamado Felix Mendelssohn recuperó la Pasión según San Mateo y la presentó nuevamente al público y el mundo redescubrió entonces a quien hoy muchos consideran el compositor más grande de todos los tiempos.
Quizá esa sea una de las ironías más hermosas de la historia. El hombre que nunca buscó la gloria personal terminó alcanzando una gloria que atravesó los siglos.
Una reflexión para nuestro tiempo
Vivimos en una cultura que nos anima a destacar, construir una marca, a competir por la atención y a medir nuestro valor por la cantidad de seguidores, aplausos o reconocimiento que obtenemos.
Bach nos obliga a formular una pregunta distinta. No cuánto talento tenemos, sino para quién lo estamos utilizando, porque el verdadero legado no siempre pertenece a quien más brilla.
Muchas veces pertenece a quien entiende que los dones recibidos son una responsabilidad antes que un motivo de orgullo.
Tal vez por eso, tres siglos después, seguimos escuchando la música de Johann Sebastian Bach. No solo porque fuera extraordinaria, sino porque detrás de cada nota había una convicción capaz de sobrevivir al paso del tiempo.
Quizá todos deberíamos preguntarnos, al terminar la jornada, cuál sería la firma invisible que queda al pie de nuestro trabajo.
¿Nuestro nombre? ¿O algo infinitamente más grande que nosotros?
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