Hay comienzos de vida que parecen anunciar un destino. Y hay otros que parecen negarlo por completo.
Abraham Lincoln nació en 1809, en una cabaña de Kentucky, dentro de una familia de pioneros que viajaban al oeste de los Estados Unidos para colonizar, vivir y trabajar en tierras que aun no estaban desarrolladas. Su familia era de recursos modestos y raíces en la tradición de la iglesia bautista.
Nada en aquel comienzo hacía pensar que aquel muchacho alto, autodidacta y acostumbrado al trabajo físico de leñador, terminaría convirtiéndose en el decimosexto presidente de Estados Unidos y en uno de los líderes más estudiados de la historia.
Fue legislador estatal, representante en el congreso por el partido Whig y posteriormente, uno de los principales líderes del recién creado Partido Republicano.
En 1860 fue elegido presidente de la nación, pero su llegada a la Casa Blanca coincidió con una nación al borde de la ruptura.
Sus planes personales habían sido ambiciosos, como los de cualquier hombre que construye una carrera: prosperar, ejercer influencia, dejar una huella.
Lo que no podía saber era que la historia lo colocaría frente a una pregunta mucho mayor: ¿Podría una nación sobrevivir a su propia división?
Es importante no convertir a Lincoln en algo que históricamente no fue ya que no llegó a la presidencia como un abolicionista radical. De hecho durante buena parte de su carrera defendió inicialmente una posición más limitada: impedir que la esclavitud se extendiera a nuevos territorios.
Pero su oposición moral a la esclavitud fue evolucionando y profundizándose. Hasta podemos afirmar que la guerra civil que cambió las circunstancias, también cambió su modo de ver las cosas.
El 1 de enero de 1863 emitió la Proclamación de Emancipación, que declaró libres a las personas esclavizadas en los territorios que permanecían en rebelión contra la Unión.
El documento no abolió por sí solo la esclavitud en todo el país, pero cambió el sentido de la guerra.
La lucha por preservar la Unión del país comenzó a quedar inseparablemente ligada a la lucha por la libertad y Lincoln comprendió después, que la libertad necesitaba algo más que una proclamación presidencial: necesitaba convertirse en ley fundamental y por eso apoyó activamente la Decimotercera Enmienda, que aboliría constitucionalmente la esclavitud en Estados Unidos.

Lincoln no viviría para ver la ratificación de la ley, pero su administración trabajó para conseguirla.
El presidente en medio de la tormenta.
Lincoln gobernó durante cuatro años de guerra que dejaron cientos de miles de muertos. Pero mientras sostenía sobre sus hombros el destino de una nación, también cargaba con su propio dolor.
En febrero de 1862 murió su hijo Willie en la Casa Blanca, probablemente víctima de fiebre tifoidea y Lincoln conoció entonces una clase de dolor que no podía resolver con un decreto, un ejército ni un discurso y quizá ahí, comenzó a hacerse más profunda una pregunta que aparecería cada vez con mayor fuerza en sus palabras: ¿Qué hace el ser humano cuando comprende que no tiene el control de todo?
Once frases que sobrevivieron a una guerra.
El 19 de noviembre de 1863, Lincoln viajó a Gettysburg, municipio e histórico pueblo situado en Pensilvania, Estados Unidos donde miles habían muerto allí y la ceremonia estaba destinada principalmente a la inauguración del cementerio militar.
El orador principal fue Edward Everett, uno de los grandes oradores de su tiempo, quien habló durante más de dos horas. Lincoln habló aproximadamente dos minutos, y su discurso tuvo apenas 272 palabras. Sin embargo, fueron suficientes para convertirse en una de las piezas de oratoria más estudiadas de la historia estadounidense.
¿Por qué? Porque Lincoln no desperdició palabras. Convirtió una guerra en una pregunta moral y terminó hablando de un "nuevo nacimiento de la libertad".
Ahí encontramos una de las grandes lecciones de la comunicación: La fuerza de un discurso no depende de cuánto dura, sino de cuánto significado consigue concentrar.
¿Era Lincoln un hombre de fe?
Aquí la historia se vuelve más interesante. Lincoln nunca perteneció formalmente a una iglesia, incluso durante su juventud fue considerado por algunos un escéptico y sus creencias religiosas fueron motivo de discusión incluso entre sus contemporáneos.
Pero reducirlo simplemente a "creyente" o "no creyente" sería demasiado fácil, porque sus últimos discursos revelan algo extraordinario.
En el segundo discurso inaugural, pronunciado el 4 de marzo de 1865, pocas semanas antes de morir, Lincoln habló de Dios, del juicio, de la oración y de la esclavitud como una terrible injusticia.
Pero no presentó a Dios como alguien que estaba necesariamente de parte de su propio bando. Al contrario, su lenguaje sugería una idea mucho más incómoda: quizá el verdadero desafío no era conseguir que Dios estuviera de nuestra parte, sino preguntarnos si nosotros estábamos actuando conforme a la voluntad de Dios.
Esa diferencia revela la transformación interior de Lincoln. No era una fe fácil, era una fe enfrentada al sufrimiento, a la muerte y a la responsabilidad.
Los planes humanos.

- Lincoln había querido ser abogado.
- Había querido ser político.
- Había querido tener una carrera.
- Pero terminó cargando sobre sus hombros una nación dividida.
Terminó firmando una proclamación que cambió el rumbo moral de la guerra.
Terminó defendiendo una enmienda destinada a eliminar constitucionalmente la esclavitud.
Y terminó pronunciando palabras que sobrevivieron a su propia vida.
Lincoln se convirtió en el primer presidente asesinado de los Estados Unidos, el 15 de abril de 1865, apenas unos días después del final de la guerra.
No alcanzó a ver plenamente el resultado de aquello por lo que había luchado, pero dejó una pregunta que sigue viva: ¿Qué hacemos cuando la vida nos coloca frente a una responsabilidad mucho mayor que nuestros propios planes?
Tal vez ahí comienza la verdadera transformación, porque los planes humanos pueden llevarnos hasta una puerta.
Pero hay momentos en los que debemos decidir qué hacer cuando esa puerta se abre y quizás la grandeza de Lincoln no estuvo en haber controlado la historia, sino en haber aprendido, en medio de la tormenta, que él tampoco podía controlarla.
Si deseas tener una experiencia sobre esta meditación, en formato de video te invito a verlo debajo de estas lineas.
Aprovecho para invitarte a la próxima entrega de esta serie Planes humanos, decisiones de Dios: "Martin Luther King Jr. el hombre que convirtió la fe en una voz de libertad."
Hasta entonces.









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