5 MUJERES DE LA BIBLIA QUE ORARON Y RECIBIERON RESPUESTA

Es un privilegio compartir con ustedes la historia de cinco mujeres de la Biblia que llevaron sus cargas ante la presencia de Dios y experimentaron su respuesta fiel.

Sus vidas son testimonios de que Dios, por medio de la oración, escucha y actúa.

Pero antes de conocerlas, es necesario entender bien contra qué luchaban, porque no toda dificultad espiritual es del mismo tipo.

La Escritura distingue con cuidado entre prueba y tentación. 

Santiago 1:2-3 nos dice que: "la prueba de nuestra fe produce paciencia"

Y el mismo capítulo aclara, en el versículo 13, que 

"Dios no puede ser tentado por el mal, ni El tienta a nadie". 

Es decir: Dios prueba, pero no tienta. 

La prueba busca fortalecernos; la tentación busca hacernos caer, y esta última encuentra apoyo en nuestra propia concupiscencia, es decir, el deseo desordenado de la carne como nos muestra Santiago 1:14-15:

"sino que cada uno es tentado, cuando de su propia concupiscencia es atraído y seducido.  Entonces la concupiscencia, después que ha concebido, da a luz el pecado; y el pecado, siendo consumado, da a luz la muerte." 

En su fidelidad infinita, Dios nos regala esta palabra, que nos consuela y nos asegura su permanencia en medio de la prueba:

Las cinco mujeres que vamos a recordar no estaban siendo seducidas hacia el pecado ni luchando contra un deseo interno desordenado. 

Estaban sosteniéndose en oración en medio de la prueba: la aflicción, la enfermedad, el rechazo, la pérdida, la espera. Y es precisamente ahí donde la oración se revela como nuestra arma más firme, porque:

 Quien aprende a orar en la prueba, está siendo preparado para resistir, después la tentación  como manda 1 Corintios 10:13:

"No os ha sobrevenido ninguna tentación que no sea humana; pero fiel es Dios, que no os dejará ser tentados más de lo que podéis resistir, sino que dará también juntamente con la tentación la salida, para que podáis soportar."

Vamos a recordar brevemente a cada una de estas mujeres:

1. Ana: Una oración que cambió la historia 

Ana es, quizás, el ejemplo más poderoso de oración persistente en medio de la aflicción. Su historia se encuentra en 1 Samuel. 

Ana era estéril, y en aquel tiempo esto era motivo de gran vergüenza y burla. 

Su rival, Penina, la provocaba constantemente, haciéndole la vida amarga.

El texto bíblico nos dice que "con amargura de alma oró a Jehová, y lloró abundantemente" (1 Samuel 1:10) . 

Su oración fue tan intensa que el sacerdote Elí pensó que estaba ebria, pero ella le respondió: "No, señor mío, soy una mujer angustiada en espíritu, he derramado mi alma delante del Señor" (1 Samuel 1:15) . 

Lo hermoso de esta historia es que Ana no solo pidió un hijo, sino que hizo un voto: si Dios le concedía un hijo varón, ella lo dedicaría al Señor todos los días de su vida . 

Su deseo no era egoísta; anhelaba un hijo que pudiera servir a Dios y cambiar el rumbo de Israel  y Dios respondió su oración. 

Ana dio a luz a Samuel, el profeta que ungiría a los primeros reyes de Israel. 

Cumpliendo su promesa, cuando Samuel fue destetado, ella lo entregó al servicio del Señor en el tabernáculo y Dios la bendijo con más hijos.

¿Qué aprendemos de Ana y en que debemos imitarla? 

  • Perseverancia en la aflicción: Ana no se rindió ante la burla ni la amargura, sino que llevó su dolor a Dios 

  • Orar con honestidad: Derramó su alma delante del Señor sin fingir.

  • Motivos puros: Su petición tenía un propósito más grande que ella misma: glorificar a Dios . 

 2. La mujer del flujo de sangre: Una oración de fe silenciosa

Pasamos al Nuevo Testamento, donde encontramos a una mujer anónima que sufrió por doce años con una enfermedad que la hacía ceremonialmente impura. 

Había gastado todo su dinero en médicos y, en lugar de mejorar, empeoraba (Marcos 5:25-26) . 

En medio de una multitud que seguía a Jesús, ella se dijo: "Si tan solo toco su manto, seré sanada" (Marcos 5:28). Esta fue una oración de fe en acción. 

A pesar de su impureza, que le impedía tocar a otros, ella se acercó a Jesús con la certeza de que él podía sanarla . 

En el momento en que lo tocó, su flujo de sangre se secó y sintió en su cuerpo que estaba sana. 

Jesús, sintiendo que poder había salido de él, preguntó quién lo había tocado. La mujer, temblando, confesó la verdad. La respuesta de Jesús fue: "Hija, tu fe te ha salvado; ve en paz y queda sana de tu aflicción" (Marcos 5:34). 

¿Qué aprendemos de ella y en que podemos imitarla? 

  • Fe audaz: Aunque su condición la marginaba, creyó que Jesús podía ayudarla . 

  • Actuar en fe: Su oración no se limitó solo a las palabras que pronunciaba sino que las convirtio en un acto de un acto de confianza. 
  • Jesús respondió a la fe: Él honró su fe y le dio paz y sanidad completa ante todos.

 3. La mujer sirofenicia: Una oración persistente. 

Otra mujer que oró por la sanidad de su hija fue la sirofenicia, una mujer gentil que no pertenecía al pueblo de Israel.

Es util aclarar que la mujer sirofenicia del Evangelio de Marcos (7:24-30) y la mujer cananea del Evangelio de Mateo (15:21-28) son la misma persona y representan el mismo relato histórico de la curación de la hija.

Esta mujer llena de valor se acercó a Jesús y le pidió que expulsara un demonio de su hija . 

Inicialmente, Jesús le dijo: "Deja que primero se sacien los hijos (los Israelitas), porque no está bien tomar el pan de los hijos y echarlo a los perrillos".

Ella, con una humildad y fe increíbles, respondió: "Sí, Señor; pero aun los perrillos debajo de la mesa comen de las migajas de los hijos" (Marcos 7:27-28). 

Esta respuesta, llena de fe y perseverancia, conmovió a Jesús, quien le dijo: "Por esa palabra, vete; el demonio ha salido de tu hija." 

¿Qué aprendemos de ella y en que debemos imitarla? 

  • Perseverancia: No se desanimó por la aparente negativa de Jesús. 

  • Humildad: Reconoció su posición, pero confió en la misericordia de Dios. 

  • Fe que vence barreras: Nos enseña que Dios escucha a todos, sin importar su origen.

 
4. Ana la profetisa: Una oración de esperanza en el templo

También encontramos a Ana, una profetisa de 84 años que servía a Dios día y noche con ayunos y oraciones (Lucas 2:36-37). 

Había quedado viuda después de solo siete años de matrimonio y dedicó el resto de su vida al servicio de Dios en el templo.

Su oración constante no era por algo personal, sino por la redención de Israel. 

Anhelaba ver al Mesías y cuando María y José llevaron al niño Jesús al templo, el Espíritu Santo guió a Ana en ese momento preciso. 

Ella reconoció a Jesús como el Salvador y dio gracias a Dios, hablando de él a todos los que esperaban la redención en Jerusalén (Lucas 2:38).

¿Qué aprendemos de ella y en que debemos imitarla? 

  • Fidelidad constante: Sirvió a Dios en oración durante toda su vida, a pesar de la soledad y la vejez . 

  • Orar por el plan de Dios: Su oración estaba alineada con los propósitos de Dios, no solo con sus necesidades personales. 
  •  Reconocer la respuesta: Estaba tan cerca de Dios que reconoció al Mesías cuando llegó. 

 5. La Sunamita: Cuando la oración incluye a otros 

La sunamita es un ejemplo de fe y hospitalidad. Recibió al profeta Eliseo en su casa, y como recompensa, Eliseo intercedió por ella y profetizó que tendría un hijo, a pesar de que su esposo era anciano (2 Reyes 4:14-17) . 

Sin embargo, la historia no termina ahí. El niño creció y un día murió repentinamente. 

La sunamita, sin dudar, buscó a Eliseo y se aferró a sus pies, no se rindió; sabía que el profeta de Dios podía interceder por su hijo. 

Eliseo oró y el niño revivió (2 Reyes 4:32-35).

¿Qué aprendemos de ella y en que debemos imitarla? 

  • Fe en la intercesión: Ella sabía que la oración de un hombre de Dios podía cambiar su situación. 

  • Acción ante la crisis: Su fe la movió a buscar ayuda de inmediato. 

  •  Dios restaura: Muestra que Dios no solo da, sino que también restaura lo que parece perdido. 
 Podemos ver que estas mujeres, cada una con su historia única, nos enseñan lecciones valiosas: 
 Dios escucha: 
Ya sea el clamor desesperado de Ana o el toque silencioso de la mujer del flujo de sangre.

Dios oye cada oración.
 Dios responde: A veces la respuesta es un sí inmediato, otras veces requiere espera, y en ocasiones, la respuesta es diferente a lo que esperamos, pero siempre es para nuestro bien.

La oración cambia cosas: 
La oración de Ana trajo al profeta Samuel.
La fe de la mujer sirofenicia trajo sanidad. 
La espera de Ana la profetisa le permitió ver al Salvador. 

Seamos como estas mujeres valienteS y llevemos nuestras cargas, nuestras aflicciones, nuestras esperanzas y nuestros sueños a Dios en oración. 

Perseveremos, confiemos y actuemos en fe, porque el Dios que respondió a cada una de estas mujeres, es el mismo Dios que nos escucha hoy.

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