Este hecho histórico nos recuerda una enseñanza profundamente bíblica: todo lo que el ser humano levanta sin Dios es pasajero.
Los poderes de este mundo prometen seguridad, grandeza y permanencia, pero tarde o temprano muestran su fragilidad.
La historia está llena de tronos vacíos y coronas caídas.
En contraste, la Palabra de Dios nos habla de un Reino distinto.
El reino de Cristo no se impone por la fuerza ni se sostiene por la violencia.
Es un Reino de justicia, de gracia y de verdad. Jesús dijo: “El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán” (Mateo 24:35). Allí donde los reinos humanos fracasan, el Reino de Dios permanece firme.
Recordar estos acontecimientos no es para recrearnos en la tragedia, sino para afirmar nuestra esperanza.
Como creyentes, somos llamados a confiar no en estructuras humanas, sino en Cristo, el Rey eterno, cuyo gobierno trae vida, restauración y esperanza para todos los que creen.
Su Reino no tendrá fin.

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Cristo te ama y me ama. Quiere que estemos en comunicación.