¿QUÉ HIZO JESÚS EL SÁBADO SANTO?



La evidencia de que los sacerdotes, fariseos, saduceos y escribas (los llamados doctos de la ley) desconocían por completo el plan de Dios, fue esta; asegurar la simple piedra de un sepulcro para detener el poder de Dios.

La soberbia no les permitió conocer, a Jesús.

La envidia no les dejó oportunidad para impregnarse del conocimiento divino del hijo de Dios.

La ambición y la avaricia los cegó al punto de no entender que el reino de Jesús viene cargado de tesoros espirituales, no materiales.

La escritura que enseñaban era errónea, la fe que propagaban era falsa, la doctrina llena de cargas que imponían al pueblo era abusiva.

Eran ciegos guiando a otros ciegos.

Solo Nicodemo, Joisé de Arimatea, Gamaliel y otros pocos entre todas esas autoridades y sumos sacerdotes de la mentira, pudieron saber a corazón abierto que Jesús era el Mesías prometido.

La única referencia bíblica a lo que sucedió el sábado entre la muerte y resurrección de Jesús se encuentra en Mateo 27:62-66. 
  
La guardia ante la tumba.

"62 Al día siguiente, que es después de la preparación, se reunieron los principales sacerdotes y los fariseos ante Pilato, 63 diciendo: Señor, nos acordamos que aquel engañador dijo, viviendo aún: Después de tres días resucitaré. 64 Manda, pues, que se asegure el sepulcro hasta el tercer día, no sea que vengan sus discípulos de noche, y lo hurten, y digan al pueblo: Resucitó de entre los muertos. Y será el postrer error peor que el primero. 65 Y Pilato les dijo: Ahí tenéis una guardia; id, aseguradlo como sabéis. 66 Entonces ellos fueron y aseguraron el sepulcro, sellando la piedra y poniendo la guardia."

Reflexión final.

SÁBADO SANTO

El día más silencioso de la historia de la pasión o sufrimiento de nuestro Señor Jesús 

Hay quienes sostienen:

Que Jesús no murió en la cruz. 

Que fue bajado con vida.

Que sobrevivió.

La Biblia, la historia y la medicina forense,  responden con una claridad inequívoca; el Señor Jesús expiró en la cruz del calvario.

Antes de ser llevado al madero, Jesús sufrió el 'flagrum romano', un látigo de mango corto cuyas correas de cuero estaban provistas de fragmentos de metal y hueso.

Este brutal casigo no se limitaba a la superficie; las laceraciones eran tan profundas que desgarraban los músculos esqueléticos, reduciendo la espalda a tiras de carne viva.

La pérdida de sangre preparaba el terreno para un shock circulatorio antes de que el condenado pusiera un pie en el lugar de la ejecución. 

Jesús llegó al Gólgota en colapso inminente.

En la cruz, la muerte no era por hemorragia. Era por asfixia progresiva y agotamiento. 

Para poder respirar, la víctima debía empujarse sobre los clavos en sus pies. Cuando el cuerpo ya no podía más, dejaba de respirar y moría.

Por eso los soldados romanos quebraban las piernas de los crucificados para acelerar el final. 

Cuando llegaron a Jesús, no fue necesario hacer nada. Ya estaba muerto.

Para confirmar lo que sus ojos ya veían, un soldado romano le clavó la lanza en el costado derecho, atravesando el pulmón y penetrando el corazón. 

El evangelio de Juan registra el detalle con la precisión de un testigo ocular: "salió sangre y agua." 

La medicina lo explica hoy como una efusión pericárdica y pleural, consecuencia del colapso cardíaco. 

Hay algo más que pocos mencionan; los soldados romanos respondían con su propia vida si un condenado sobrevivía bajo su custodia. 

No había incentivo para el descuido. El protocolo de ejecución romano era en su horror, meticulosamente eficaz.

No hubo simulación, ni hubo inconsciencia confundida con muerte.

Jesús murió. La cruz hizo su trabajo.

Lo que nadie esperaba era lo que vendría después.

El único evangelista que narró lo ocurrido el sábado fue Mateo, en los versículos 62 al 66 del capítulo 27.

Marcos no lo narra. Lucas tampoco. Juan, que estuvo al pie de la cruz, guarda silencio sobre ese día. 

Y lo que sucedió es escandaloso.

▪︎Mientras los discípulos lloraban escondidos.

▪︎Mientras las mujeres preparaban especias para honrar un cuerpo. ▪︎Mientras Pedro cargaba el peso insoportable de su triple negación.

Los sumos sacerdotes y fariseos fueron a ver a Pilato.

-En Sábado Santo-

No en cualquier sábado. 

En el Shabbat de Pascua, el día de reposo más sagrado del calendario judío. 

El día en que la ley que ellos mismos enseñaban prohibía cualquier trabajo, cualquier viaje, cualquier gestión pública.

El mismo día que habían usado como argumento para acusar a Jesús de impío, por sanar enfermos y permitir que sus discípulos arrancaran espigas en el camino.

Ese día, las autoridades caminaron hasta la fortaleza Antonia, se reunieron con el gobernador romano y negociaron una guardia militar.

Violaron el día más sagrado del año para asegurarse de que 'un muerto se quedara muerto.'

La hipocresía no podría haberse retratado con más precisión.

Y la razón que le dieron a Pilato lo revela todo:

"Señor, nos acordamos que aquel engañador dijo, viviendo aún: Después de tres días resucitaré. Manda, pues, que se asegure el sepulcro hasta el tercer día, no sea que vengan sus discípulos de noche, y lo hurten, y digan al pueblo: Resucitó de entre los muertos."

Aquí hay que detenerse un momento.

Los discípulos habían olvidado la promesa de resurrección de Jesús.

Los que la recordaban eran sus enemigos.

Los mismos hombres que habían estudiado las escrituras, que se presentaban como los intérpretes autorizados de la revelación divina, que habían escuchado a Jesús decir que resucitaría al tercer día, lo recordaban perfectamente.

Pero su respuesta ante esa posibilidad fue mandar soldados a custodiar la tumba.

No la fe. No la duda honesta. 

Era el miedo disfrazado de precaución política.

Pilato les respondió con un cinismo que habla por sí solo: "Ahí tenéis una guardia; id, aseguradlo como sabéis."

Lo que siguió no fue poner un par de hombres somnolientos frente a una roca. 

Una custodia romana estándar para una misión de esta naturaleza, era un destacamento de entre cuatro y dieciséis soldados entrenados, armados, en turnos rotativos, hombres que respondían con su propia vida si fallaban.

Sobre la piedra colocaron el sello oficial del poder romano o del Sanedrín. Roto ese sello: se pagaba por un crimen capital.

Pusieron toda la maquinaria del poder imperial y religioso a custodiar el cuerpo de un carpintero de Galilea.

Estamos ante la evidencia de la ceguera de los fariseos y sacerdotes

La soberbia no les permitió conocer a Jesús. 

No lo reconocieron cuando sanó a los enfermos delante de sus ojos. 

No lo reconocieron cuando resucitó a Lázaro a cuatro días de muerto. 

No lo reconocieron cuando el velo del templo se rasgó de arriba abajo en el momento de su muerte, sin mano humana, en el edificio que ellos llamaban templo de Dios.

La envidia les bloqueó el entendimiento:

Un hombre sin títulos, 

Sin linaje sacerdotal, 

Sin escuela rabínica reconocida,

Convocaba multitudes que ellos jamás habían convocado. 

Ese hombre enseñaba con una autoridad que ellos jamás habían tenido. Y el pueblo lo seguía.

La ambición y la avaricia los cegó al punto de no entender que el reino de Jesús no venía a desplazarlos políticamente. 

Venía cargado de tesoros espirituales, no materiales. 

De esa clase sacerdotal podemos decir que:

La escritura que enseñaban era errónea. 

La fe que propagaban, era falsa. 

La doctrina que imponían al pueblo, era una carga abusiva que ellos mismos no cargaban.

Eran ciegos guiando a otros ciegos.

El silencio de Dios

El Sábado Santo fue, en apariencia, el día de la victoria del mal.

La tumba estaba sellada.

Los discípulos, escondidos. 

El cuerpo del Hijo de Dios, envuelto en lino y especias, yacía en la oscuridad de una roca custodiada por soldados romanos.

Pilato tenía su guardia. 

Los sacerdotes tenían su sello. 

El mundo tenía su versión de los hechos.

Pero el Sábado Santo es la teología del silencio divino. 

Es el espacio entre la promesa y su cumplimiento. 

Es el momento en que la fe no tiene nada visible a qué aferrarse, excepto la palabra del Señor que dijo: "Después de tres días resucitaré."

Los enemigos lo recordaban.

Los amigos lo habían olvidado.

Y Dios guardaba silencio. 

No porque hubiera perdido. 

Sino porque aún no había llegado el momento de hablar.

El domingo estaba a punto de responder.

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