La soberbia no les permitió conocer, a Jesús.
La envidia no les dejó oportunidad para impregnarse del conocimiento divino del hijo de Dios.
La ambición y la avaricia los cegó al punto de no entender que el reino de Jesús viene cargado de tesoros espirituales, no materiales.
La escritura que enseñaban era errónea, la fe que propagaban era falsa, la doctrina llena de cargas que imponían al pueblo era abusiva.
Eran ciegos guiando a otros ciegos.
Solo Nicodemo, José de Arimatea, Gamaliel y otros pocos entre todas esas autoridades y sumos sacerdotes de la mentira, pudieron saber a corazón abierto que Jesús era el Mesías prometido.

"62 Al día siguiente, que es después de la preparación, se reunieron los principales sacerdotes y los fariseos ante Pilato, 63 diciendo: Señor, nos acordamos que aquel engañador dijo, viviendo aún: Después de tres días resucitaré. 64 Manda, pues, que se asegure el sepulcro hasta el tercer día, no sea que vengan sus discípulos de noche, y lo hurten, y digan al pueblo: Resucitó de entre los muertos. Y será el postrer error peor que el primero. 65 Y Pilato les dijo: Ahí tenéis una guardia; id, aseguradlo como sabéis. 66 Entonces ellos fueron y aseguraron el sepulcro, sellando la piedra y poniendo la guardia."

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