"Y si Cristo no resucitó, vana es entonces nuestra predicación, vana es también vuestra fe."
1 Corintios 15:14.
- Dios nos recuerda que es absolutamente soberano sobre la vida y la muerte.
- Dios validó a nuestro Señor Jesús reafirmando su potestad de ser el Hijo de Dios y Mesías prometido.
- Dios demostró poderosamente su autoridad y poder para eliminar el pecado, asegurar el perdón y garantizar la vida eterna a todos los que aceptan su regalo de salvación que es Cristo Jesús.
La resurrección
(Mt. 28.1-10; Mr. 16.1-8; Jn. 20.1-10)
"24 El primer día de la semana, muy de mañana, vinieron al sepulcro, trayendo las especias aromáticas que habían preparado, y algunas otras mujeres con ellas. 2 Y hallaron removida la piedra del sepulcro; 3 y entrando, no hallaron el cuerpo del Señor Jesús. 4 Aconteció que estando ellas perplejas por esto, he aquí se pararon junto a ellas dos varones con vestiduras resplandecientes; 5 y como tuvieron temor, y bajaron el rostro a tierra, les dijeron: ¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? 6 No está aquí, sino que ha resucitado. Acordaos de lo que os habló, cuando aún estaba en Galilea, 7 diciendo: Es necesario que el Hijo del Hombre sea entregado en manos de hombres pecadores, y que sea crucificado, y resucite al tercer día. 8 Entonces ellas se acordaron de sus palabras, 9 y volviendo del sepulcro, dieron nuevas de todas estas cosas a los once, y a todos los demás."
Antes del alba, María Magdalena encuentra el sepulcro abierto y anuncia que el cuerpo había desaparecido (Juan 20:1-2).

Pablo lo afirma claramente: "Y si Cristo no resucitó, vana es entonces nuestra predicación, vana es también vuestra fe. " (1Corintios 15:14).
Jesús tomó la iniciativa para vencer la duda de los discípulos, por lo tanto se mostró a sí mismo, vivo, durante cuarenta días.

DOMINGO DE RESURRECCIÓN
El día en que la muerte perdió su esencia.
Juan escribe: "El primer día de la semana, María Magdalena fue de mañana, siendo aún oscuro, al sepulcro" (Juan 20:1).
El evento que partió la historia humana en dos comenzó con una mujer caminando sola por un sendero sin luz.
María no iba esperando una resurrección; iba buscando un cadáver. Ella deseaba terminar lo que el apuro del viernes no había permitido: 'ungir dignamente el cuerpo del Maestro'.
Llevaba las especias en las manos y el dolor en el pecho.
Lo que encontró la dejó sin aliento: la piedra sellada y custodiada por el imperio romano había sido removida.
Su primera reacción no fue de fe, sino de pánico.
María no pensó "¡Ha resucitado!", pensó "Se lo han llevado".
Corrió a buscar a Simón Pedro y a Juan y les dijo: "Se han llevado al Señor del sepulcro, y no sabemos dónde lo han puesto" (Juan 20:2).
Todavía buscaba entre los muertos al que es la Vida.
Lo que sigue es uno de los momentos más humanos del Nuevo Testamento.
Los dos hombres salieron corriendo.
Juan, más joven, llegó primero.
Se abajó, miró desde el umbral y vio los lienzos, pero no entró. Pedro, fiel a su naturaleza impetuosa, llegó después y entró directamente.
Lo que vieron allí dentro es la prueba silenciosa pero irrefutable de la Resurrección. Vieron los lienzos de lino allí puestos.
Juan detalla que el sudario, que había estado sobre la cabeza de Jesús, no estaba con los lienzos, sino "enrollado en un lugar aparte" (Juan 20:7).
Este orden no era humano. Si alguien hubiera robado el cuerpo, no se habría tomado el tiempo de desenvolverlo, dejando atrás treinta kilos de especias pegados a la tela.
Si lo hubieran sacado a la fuerza, los lienzos estarían desgarrados o esparcidos. Pero estaban allí, intactos.
El sudario enrollado y separado era la firma de una victoria serena: el Rey se había levantado con total autoridad, sin prisa, dejando su cama tendida.
Juan entró, vio aquel orden sobrenatural, y el texto dice: "vio, y creyó" (Juan 20:8). Fue el primero en creer sin haber visto todavía al resucitado.
María se quedó afuera, llorando. Pero al asomarse de nuevo al sepulcro, vio a dos ángeles vestidos de blanco, sentados donde había estado el cuerpo: uno a la cabecera y otro a los pies.
Ante la pregunta de los ángeles "Mujer, ¿por qué lloras?" ella repite su dolor.
Se vuelve y ve a un hombre.
Su dolor es tan denso que no lo reconoce; piensa que es el hortelano.
Pero entonces, Él pronuncia una sola palabra: "María."
Así terminó el duelo de la humanidad.
No con un tratado teológico, sino con su nombre pronunciado por la voz que ella conocía.
Ella respondió con un grito de reconocimiento: "¡Raboni!" (Maestro).
La resurrección no descansa solo en la experiencia de María. Tambien se basa en el silencio de sus enemigos.
Las autoridades tenían todo el poder para detener el cristianismo en su cuna: les bastaba con presentar el cuerpo, ¡pero no pudieron hacerlo!
En su lugar, sobornaron a los guardias para que dijeran que los discípulos lo habían robado mientras ellos dormían (Mateo 28:13).
Pablo lo resumió con una lógica implacable: "Si Cristo no resucitó, vuestra fe es vana" (1 Corintios 15:17).
Sin este día, la cruz es solo una tragedia más de la historia romana.
Pero con la resurrección, la cruz se convierte en el juicio final sobre el pecado y el mal.
El mensaje sigue siendo el mismo: La tumba está vacía, el Señor ha resucitado.


Comentarios
Publicar un comentario
Cristo te ama y me ama. Quiere que estemos en comunicación.