Hay momentos en la vida en que aquello que hemos construido durante años con esfuerzo, disciplina y sacrificio parece derrumbarse delante de nuestros propios ojos.
Puede ser un proyecto, quizás una carrera, posiblemente un sueño o incluso la obra de toda una vida.
Algo parecido ocurrió hacia el año 1555, cuando un anciano de más de setenta años levantó un martillo y descargó toda su frustración sobre una escultura en la que llevaba años trabajando.
Lo paradójico es que no estaba destruyendo la obra de un rival: tristemente echaba por tierra la suya.
Ese anciano era Miguel Ángel Buonarroti, y resulta difícil no sobrecogerse al imaginar la escena.
Hablamos del artista que había maravillado a Europa con La Piedad, el creador del imponente David y del majestuoso Moisés.
Se trataba del mismo genio que con sus pinceles dio un significado apoteósico al techo de la Capilla Sixtina en el Vaticano, dejando atónita a la Europa renacentista.
Y era él mismo quien, ahora, golpeaba con furia el mármol que debía acompañarlo hasta su propia tumba. ¿Por qué un genio haría algo así? La respuesta comienza muchos años antes.
El joven que quería conquistar el mundo
Miguel Ángel nació en 1475 y muy pronto comprendió que poseía un talento extraordinario.
Pero, junto a ese don, desarrolló también un carácter fuerte, extremadamente perfeccionista y profundamente competitivo.
A los veinticuatro años terminó La Piedad;
María sostiene el cuerpo de Jesús con una serenidad que parece imposible esculpir en piedra.
Cuando escuchó que algunos atribuían aquella obra a otro escultor, Miguel Ángel reaccionó de una forma que más tarde lamentaría: entró de noche en la basílica y grabó su nombre sobre la banda que cruza el pecho de la Virgen. Fue la única obra que firmó en toda su vida.
Años después llegaría el imponente David.
Para crearlo no aceptó un bloque de mármol perfecto; escogió uno que otros escultores habían rechazado por considerarlo inservible.
Donde muchos vieron una piedra arruinada, Miguel Ángel vio una posibilidad y de aquel bloque nació una de las esculturas más famosas de la historia.
Su fama crecía por doquier. Los papas competían por contratarlo y los reyes admiraban su talento. Sin embargo, el éxito jamás eliminó sus luchas interiores.
«Yo soy escultor, no pintor»
Hay un detalle que muchas personas desconocen: Miguel Ángel nunca se consideró pintor. Cuando el papa Julio II le ordenó decorar el techo de la Capilla Sixtina, él intentó rechazar el encargo porque su verdadera pasión era la escultura, el mármol.
Estaba tan convencido de que otros artistas dominaban mucho mejor la pintura que terminó recomendando al propio Rafael para pintar los murales.
Al final aceptó, y durante cuatro años trabajó acostado sobre andamios, soportando el cansancio, el dolor físico y la enorme presión del Papa.
El resultado fue una obra maestra universal. Allí pintó escenas inolvidables como:
- el mármol tenía vetas defectuosas,
- el artista sufría intensos dolores físicos y,
- además, atravesaba una profunda crisis espiritual.
- La excelencia es admirable, pero cuando nuestra identidad depende exclusivamente de nuestros logros, el perfeccionismo se convierte en una carga insostenible. Ninguno de nosotros trabaja con un «mármol perfecto».
- Todos encontramos limitaciones, errores, dolencias, fracasos y circunstancias que no elegimos. Lo que hoy creemos roto puede convertirse mañana en nuestra obra más valiosa.
- A veces, el verdadero crecimiento comienza justamente cuando nuestros planes dejan de funcionar.
Si deseas ver esta historia narrada en formato documental, te invito a ver el episodio completo de Planes Humanos, decisiones de Dios.
















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