
“Oro porque no puedo evitarlo, oro porque estoy desconsolado, oro porque la necesidad de hacerlo fluye de mí todo el tiempo, despierto o dormido. Orar No cambia a Dios. Me cambia a mí”, Cs lewis
C. S. Lewis, es uno de los autores cristianos más influyentes del siglo XX.
El no hablaba de la oración desde la teoría, sino desde la experiencia.
Antes de llegar a la fe, y aun después de abrazarla, Lewis reconoció que orar nunca le resultó fácil.
De niño, oró intensamente por la recuperación de su madre, y su muerte lo dejó desconcertado y herido.
Esa experiencia marcó su relación con la oración durante años.
Ya adulto, Lewis confesó que solía sentirse frustrado por sus propias distracciones, por la sensación de que sus palabras no eran “suficientemente sinceras” o por el silencio que a veces encontraba al orar.
Sin embargo, con el tiempo descubrió que la oración no es un ejercicio de perfección, sino un espacio donde Dios trabaja en lo profundo del ser humano.
En su madurez espiritual, Lewis llegó a una convicción que transformó su vida:
la oración no cambia a Dios; la oración nos cambia a nosotros.
No es un mecanismo para obtener resultados, sino un acto que abre el corazón, ordena los afectos y nos vuelve más receptivos a la voluntad divina.
Desde esa honestidad y desde sus propias luchas, Lewis escribió algunas de las reflexiones más humanas y luminosas sobre la vida espiritual.
Su testimonio nos recuerda que la oración no es para quienes “saben orar”, sino para quienes necesitan hacerlo.
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