Una reflexión sobre la diferencia entre la fe que se declara y la fe que camina.
Hay una pregunta que incomoda precisamente porque es demasiado cercana: ¿crees, o crees que crees?
Vivimos en una época donde la identidad religiosa se lleva con comodidad.
Se hereda, se declara, se exhibe.
Pero la fe, la fe real, no es una etiqueta ni un sentimiento. Y confundirla con cualquiera de esas cosas tiene consecuencias que van mucho más allá de la teología.
La advertencia no va dirigida a los que niegan a Dios abiertamente.
Va dirigida:
A los que creen que están dentro.
A los que hablan el idioma correcto.
A los que conocen las respuestas correctas.
A los que frecuentan los lugares correctos.
Y aun así, algo fundamental falta.
Lo que falta es una transformación real del interior hacia afuera: una fe que no solo se pronuncia, sino que determina cómo se vive.
Santiago lo expresa de manera aún más incómoda: "También los demonios creen, y tiemblan" (Santiago 2:19).
- Una persona que "se considera creyente" vive desde una identidad pasiva.
- Una persona que cree de verdad, vive desde una elección activa que tiene costos reales.
Y ese caminar no es ajeno a la duda.
Uno de los momentos más honestos del Nuevo Testamento es el grito de un padre desesperado frente a Jesús: "Creo; ayuda mi incredulidad" (Marcos 9:24).
No es la confesión de alguien que tiene todo resuelto. Es la agonía de una persona que se sabe está frente a Dios, le ha llevado su hijo victima de de espíritus endemoniados para que El lo cure y se siente pidiendo lo que no merece porque su fe flaquea.
Es la ambivalencia de alguien que, en medio de la grieta entre lo que cree y lo que teme, decide ir hacia Jesús de todas formas.
La fe que se revela cuando todo tiembla
La fe decorativa funciona bien cuando la vida es cómoda.
Se sostiene mientras no haya que pagar un precio real por ella.
Pero la verdadera naturaleza de cualquier fe se revela en los vacíos, en la pérdida, en la traición, en el silencio de Dios que se siente largo, en el momento donde seguir creyendo cuesta algo.
Es ahí donde la diferencia entre creer que se cree y creer de verdad se vuelve insosteniblemente visible.
No porque Dios ponga pruebas para humillar, sino porque la presión no crea el carácter; lo revela.
Hoy no basta con decir "soy creyente".
La verdadera fe no se mide en los momentos donde creer es fácil.
Se mide en los momentos donde creer cuesta, y tú decides permanecer.
"Porque la fe no elimina las preguntas, pero sí determina a quién le entregas las respuestas."
No a la ausencia de duda, sino a la decisión de confiar a pesar de ella.
Porque el que verdaderamente cree no solo habla con persuasión . Camina firme.

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Cristo te ama y me ama. Quiere que estemos en comunicación.