¿Por qué Miguel Ángel se esconde dentro de su propia obra y eligió el rostro de Nicodemo para hacerlo?
¿Y por qué intentó destruir con un martillo la escultura que él mismo había creado?
¿Será que, en nuestro caminar, también hemos sido Nicodemos?
Solo el Evangelio de Juan (19:38-42) nos revela la presencia de Nicodemo en el entierro del Señor Jesús tras la crucifixión.
"Después de todo esto, José de Arimatea, que era discípulo de Jesús, pero secretamente por miedo de los judíos, rogó a Pilato que le permitiese llevarse el cuerpo de Jesús; y Pilato se lo concedió. Entonces vino, y se llevó el cuerpo de Jesús. También Nicodemo, el que antes había visitado a Jesús de noche, vino trayendo un compuesto de mirra y de áloes, como cien libras. Tomaron, pues, el cuerpo de Jesús, y lo envolvieron en lienzos con especias aromáticas, según es costumbre sepultar entre los judíos. Y en el lugar donde había sido crucificado, había un huerto, y en el huerto un sepulcro nuevo, en el cual aún no había sido puesto ninguno. Allí, pues, por causa de la preparación de la pascua de los judíos, y porque aquel sepulcro estaba cerca, pusieron a Jesús."
Nicodemo ya no es el hombre que se escabulle entre las sombras de la noche para ir temeroso a confesar su desconocimiento de Dios ante Jesús; ahora, tras la crucifixión del Maestro da un paso público y costoso.
Trae 100 libras de mirra y áloe, y con una humildad radical, ayuda a depositar a Jesús en una tumba que no es suya, sino del otro discípulo secreto, José de Arimatea.
Hay una lucidez divina en este detalle: El Mesías, que no tuvo donde acostarse al nacer, tampoco tiene donde descansar al morir. Y es Nicodemo quien junto a José de Arimatea gestiona ese último acto de despojo, colocando al Salvador en la tumba prestada.
En esta obra inacabada de Miguel Ángel, Nicodemo es la figura inesperada.
A su izquierda, María, la madre de Jesús que recibe el peso muerto de su hijo y a su derecha, María Magdalena, que sostiene el cuerpo con devoción.
Lo más impactante: Miguel Ángel se esculpió a sí mismo con el rostro de Nicodemo.
No es un capricho artístico; es una redención.
Al final de su vida, el genio ya no buscaba la perfección del mármol, sino la salvación del alma.
Intentó romper la piedra para lidiar con sus propias fracturas internas, pero no pudo destruir lo que ya lo revelaba por dentro.
La escultura, marcada por el martillo, es nuestro espejo.
Porque tal vez hemos amado desde la sombra.
Tal vez hemos seguido a Cristo... pero de noche.
La Piedad Bandini nos detiene para hacernos una última pregunta: ¿Cuándo vamos a salir de la oscuridad para sostener a Cristo con nuestras propias manos?

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Cristo te ama y me ama. Quiere que estemos en comunicación.