Había un pollino, es decir, un asno joven que aún no había sido domesticado, atado en un callejón de Betfagé, una pequeña aldea en las laderas del Monte de los Olivos cerca de Jerusalén.
Sus dueños lo conocían bien. Sabían que era imposible montarlo sin que se resistiera, porque nunca había cargado a nadie sobre su lomo.
Esa mañana, llegaron dos hombres a desatarlo.
Cuando los dueños salieron a preguntar qué hacían, la respuesta fue una frase que, humanamente, no explicaba nada: "El Señor lo necesita".
Lo que pasó después es asombroso. Jesús montó al pollino y comenzó a entrar en Jerusalén.
Cualquier experto en animales te diría que un asno joven, sin domar y sin experiencia, entraría en pánico ante una multitud que grita y agita ramas.
Cargó a su creador como si siempre lo hubiera esperado.
Esa escena no nació esa mañana.
Quinientos años de espera. Y Jesús, sin prisa y sin anuncio previo, cumplió cada palabra.
Así es como Él hace las cosas: usando lo que otros consideran indomable o insignificante, para cumplir su propósito eterno.

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Cristo te ama y me ama. Quiere que estemos en comunicación.