En el campo ocurre un fenómeno fascinante: conforme el trigo madura y se llena de nutrientes, su propio peso lo obliga a inclinarse.
Una espiga doblada es, paradójicamente, señal de una cosecha exitosa.
Por el contrario, la cizaña se mantiene erguida. Al estar vacía de fruto y ser ligera, su tallo permanece rígido y altivo hasta el final.
No pesa porque no alimenta.
La Postura del Corazón
Esta lección botánica es una brújula perfecta para la introspección humana:
La madurez es gravedad:
Quien ha cultivado sabiduría, logros reales y sustancia, no necesita imponerse.
Se inclina no por debilidad, sino por el peso de su propio valor. Su fruto habla por él.
La arrogancia es vacío:
La rigidez suele ser el mecanismo de defensa de quien carece de contenido.
Quien vive de apariencias necesita mantenerse "alto" para ocultar su falta de esencia.
El Valor de Inclinarse
En un mundo que nos empuja constantemente a "sacar pecho" y presumir, la naturaleza nos recuerda que la verdadera grandeza tiene peso.
No se trata de falta de confianza, sino de la sencillez del que sabe quién es.
Al final, la postura revela el corazón: la cizaña solo puede mirar hacia arriba porque no tiene nada que ofrecer hacia abajo.
La pregunta para hoy es:
¿Tu postura nace de la plenitud o de la falta de carga?
Quizás la meta no es ser el más alto de la sala, sino estar lo suficientemente lleno de vida como para tener la humildad de inclinarse.

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