Habitamos un mundo de alta definición tecnológica pero baja resolución espiritual.
Nunca fue tan fácil comunicar, pero nunca fue tan difícil distinguir la verdad entre tanto ruido digital.
Caminamos en la paradoja del megáfono: muchos canales para hablar, pero poca fidelidad en el mensaje.
Nunca como ahora el Evangelio fue tan difundido y al mismo tiempo, tan diluido.
Hoy contamos con Inteligencia Artificial, podcasts, redes sociales y transmisiones globales; sin embargo, entre tanto despliegue tecnológico, la Verdad no había estado tan asediada por mentiras disfrazadas de luz.
Hablar de Dios no significa conocer a Dios.
Conocer la palabra de Dios no siempre equivale a conocer al Dios de la palabra.
Creer en Dios es religión; creerle a Dios es relación.
El engaño más triste es el de quienes confunden tener una idea con tener una convicción y al final, 'creer que creen'.
La fe se comparte, se comenta, se viraliza, pero viralidad no significa certeza.
La mucha comunicación no garantiza autenticidad.
El ruido no es revelación.
La repetición no es verdad.
Y citar la Biblia no siempre es proclamar el evangelio.
Hoy abundan palabras sobre Jesús pero no siempre su mensaje es auténtico.
Abundan frases bíblicas pero no siempre en su contexto.
Abundan voces religiosas pero no siempre la voz de Dios.
El Evangelio no necesita volumen para ser verdadero porque la verdad bíblica no se mide por cuántos la dicen,sino por cuánto permanece.
En tiempos de tanta comunicación, el llamado no es hablar más, es hablar con pureza.
No es solo compartir más, es discernir mejor.
Porque el Evangelio no fue dado para hacerse popular sino para transformar corazones.
Hoy circulan muchos videos donde se debate quién es realmente Jesús.
Pero más allá del debate doctrinal, hay algo que llama profundamente la atención desde la comunicación cristiana: la facilidad con la que un texto bíblico puede ser citado y al mismo tiempo descontextualizado.
Un versículo aislado tiene poder emocional, impacto retórico y apariencia de autoridad, pero sin su contexto histórico, literario y teológico, puede terminar diciendo exactamente lo contrario de lo que la escritura quiso comunicar.
Así nacen muchas confusiones como señala este video que adjuntamos a nuestro comentario.
Se toman frases de Jesús, se separan de la encarnación, del propósito del Evangelio, del testimonio completo de la Biblia y se construye una conclusión que parece bíblica, pero no lo es.
Por ejemplo, algunos citan que el Padre Dios es mayor que Jesús, pero ignoran que el mismo testimonio bíblico también afirma que el Verbo era Dios y se hizo carne, como leemos en el Evangelio de Juan 1.
Otros enfatizan la subordinación funcional de Cristo, pero silencian los textos que revelan su naturaleza divina plena.
Esto no es solo un problema doctrinal, es un problema de comunicación.
Por eso, comunicar el Evangelio con fidelidad exige más que citar versículos: comprenderlos, respetar su contexto y permitir que toda la escritura hable con una sola voz.
Porque la verdad bíblica no se construye con frases sueltas, se revela en la armonía total del mensaje de Dios que no varía ni se equivoca.
Se trata del testimonio completo de la Biblia.
El Evangelio de Juan declara que el Verbo estaba con Dios, que el Verbo era Dios y que ese Verbo se hizo carne.
Sí, Jesús dijo que el Padre es mayor que Él. Pero también afirmó que quien lo ha visto a Él ha visto al Padre.
La Biblia es inerrante, no se contradice: nos muestra al Hijo eterno que, al encarnarse, asumió humildemente la condición humana.
Negar su divinidad no es un detalle doctrinal menor.

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Cristo te ama y me ama. Quiere que estemos en comunicación.