Vivimos en una época saturada de información, avances tecnológicos y discursos de progreso.
Nunca antes el ser humano tuvo tanto acceso al conocimiento, y sin embargo, pocas veces estuvo tan confundido sobre su identidad, su propósito y su destino.
El siglo XXI nos prometió conexión, libertad y bienestar, pero también nos enfrenta a una profunda crisis moral, espiritual y humana.
Este artículo nace como una reflexión necesaria frente a una sociedad que sabe mucho, pero discierne poco; que corre rápido, pero no siempre sabe hacia dónde va.
No es un texto cómodo ni neutral. Es una mirada crítica, desde la fe cristiana, a los signos de nuestro tiempo: la deshumanización, la pérdida de valores, la fractura de la familia, la idolatría del poder, el dinero y el placer, y el progresivo desplazamiento de Dios del centro de la vida.
Leer estas líneas es aceptar el desafío de pensar, confrontarnos y decidir cómo vivir en medio de una era que informa, pero no transforma.
Decido republicar este artículo porque, lejos de haber perdido vigencia, los escenarios que describe se han profundizado.
La tecnología avanza, pero el corazón humano sigue herido; las redes conectan, pero las relaciones se vacían; el conocimiento crece, pero la sabiduría escasea.
Las guerras, la desigualdad, la confusión moral y el enfriamiento del amor ya no son advertencias futuras, sino realidades cotidianas.
Revisitar este texto es un acto de responsabilidad espiritual y comunicacional.
No para señalar con soberbia, sino para alertar con amor.
No para condenar al mundo, sino para recordar que sin Dios, el progreso se vuelve hueco y la libertad, una ilusión.
En tiempos donde lo bueno se llama malo y lo malo se justifica como normal, la Iglesia y los creyentes no pueden guardar silencio.
Esta reflexión se vuelve a compartir como un llamado a recuperar la centralidad de Cristo, a cuidar la “viña” espiritual, a vivir con discernimiento y a reafirmar que sólo en Dios el ser humano encuentra sentido, equilibrio y esperanza verdadera.
Republicarlo hoy no es mirar al pasado, es hablarle con claridad al presente.

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Cristo te ama y me ama. Quiere que estemos en comunicación.