“Hijitos míos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de hecho y en verdad.”
(1 Juan 3:18)
El apóstol Juan, con ternura pastoral, nos llama “hijitos”.
No es una expresión casual: es la voz de quien entiende que la fe se aprende, se corrige y se madura en el caminar diario.
Y desde ese tono cercano, Juan nos confronta con una verdad esencial: el amor cristiano no puede quedarse en el discurso.
La Palabra de Dios tiene voz, pero también tiene cuerpo.
Fue dada para ser anunciada, sí, pero sobre todo para ser encarnada.
Cuando el amor se limita a buenas intenciones o a frases correctas, pierde su fuerza transformadora.
En cambio, cuando la Palabra se traduce en actos concretos, se vuelve creíble, visible y viva.
En la fe bíblica, la verdad no se mide solo por lo que confesamos con los labios, sino por lo que sostenemos con la vida.
Amar “de hecho y en verdad” implica coherencia: que nuestras decisiones, reacciones y actitudes reflejen aquello que decimos creer.
El Evangelio se comunica más allá del púlpito y de las palabras bien dichas.
Se comunica en el trato cotidiano, en la paciencia, en la misericordia practicada, en la justicia vivida, en el servicio silencioso. La Palabra se vuelve auténtica cuando se demuestra.
Este llamado no busca perfección, sino honestidad espiritual. No se trata de aparentar, sino de permitir que la Palabra transforme nuestras relaciones y nuestro modo de vivir la fe.
Para meditar
-
¿Hay coherencia entre lo que digo y lo que hago?
-
¿Pueden otros leer el Evangelio a través de mi conducta?
Oración
Señor,
guárdame de una
fe solo de palabras.
Enséñame a vivir
lo que confieso
y a amar como Tú
amas:
con verdad, con
hechos y con vida.
Amén.

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Cristo te ama y me ama. Quiere que estemos en comunicación.