D. L. MOODY DEFIENDE SU FORMA DE PREDICACIÓN

 

¿Alguna vez te han criticado por cómo compartes tu fe? 

¿Te han dicho que deberías ser más elocuente, más teológico, más discreto o más "equilibrado"? Si es así, no estás solo.

Hace más de un siglo, un hombre que cambió la historia del evangelismo enfrentó las mismas críticas, y su respuesta sigue enseñándonos una verdad incómoda y liberadora.

El contexto: Un zapatero que conmovió al mundo

Dwight Lyman Moody (1837–1899) no era un teólogo graduado. Era un hombre de origen humilde, que a los 17 años llegó a Chicago con solo unos dólares en el bolsillo. Sin embargo, su corazón ardía por las almas.

Comenzó enseñando la Biblia a niños en barrios marginales y pronto sus campañas evangelísticas atraían a multitudes nunca antes vistas.

Pero su estilo apasionado, directo, lleno de historias sencillas y apelaciones emocionales no gustaba a todos. 

Los críticos, a menudo desde sus púlpitos académicos, lo tildaban de "sensacionalista", "superficial" o "poco refinado".

 Frente a estas críticas, Moody solía responder con una frase que ha quedado para la historia:

"Francamente, algunas veces a mí tampoco me gusta cómo evangelizo. Pero prefiero mi forma de predicar el evangelio que la tuya de no hacerlo".

La esencia de la respuesta: Acción imperfecta vs. inacción crítica

Esta no era una réplica arrogante, sino una declaración de prioridades. 

Moody reconocía sus limitaciones ("a veces a mí tampoco me gusta"), pero confrontaba una realidad más profunda: la crítica desde la inactividad es estéril.

 En esencia, Moody decía: "Sí, mis métodos pueden ser mejorables", pero...

"Tú, que criticas desde la comodidad de no intentarlo, tienes un problema mayor: la indiferencia".

¿Por qué esta lección es relevante hoy?

Vivimos en una época donde es más fácil criticar que actuar. 

En la iglesia, a menudo nos enfocamos en cómo debería hacerse (el método perfecto) en lugar de simplemente hacerlo (la obediencia).

Moody nos recuerda que:

  • 'El mensaje es más importante que el método'. Claro, debemos buscar excelencia y sabiduría, pero nunca permitir que el miedo a no hacerlo "perfecto" nos paralice.

  • La crítica sin participación es hipocresía. Es cómodo señalar los defectos de quien está en el campo de batalla, mientras se observa desde la tribuna.

  • Dios usa lo disponible, no lo perfecto. Moody, con su gramatura imperfecta y su estilo sencillo, fue usado para llevar el evangelio a más de 100 millones de personas y fundar instituciones que perduran hoy.

 Aplicación práctica: ¿Y nosotros?

La próxima vez que sientas el impulso de:

  • Criticar a otro hermano por su forma de evangelizar (demasiado audaz, demasiado tímido, demasiado en redes sociales, demasiado tradicional...)

  • Quedarte callado porque "no sabes suficiente teología" 

  • No invitar a alguien a la iglesia porque "no es el momento perfecto"

 Recuerda la respuesta de Moody. Dios no nos pide un doctorado en teología para compartir lo que Cristo ha hecho en nuestras vidas. 

Nos pide disponibilidad, valentía y un corazón que ame a los perdidos más de lo que teme al qué dirán.

Conclusión: Un legado que nos desafía

D.L. Moody no solo nos dejó institutos bíblicos y millones de conversiones registradas. Nos dejó una mentalidad: es mejor obedecer de manera imperfecta, que desobedecer de manera crítica.

Hoy, el mundo no necesita más críticos espectadores del evangelio. Necesita testigos—imperfectos, pero apasionados; temblorosos, pero obedientes—dispuestos a compartir, con sus palabras y su vida, la esperanza que tienen.

¿Prefieres tu silencio "perfecto", o estás dispuesto a actuar, aunque al principio no lo hagas de la manera más pulida?

"El evangelio no es solo para ser entendido, sino para ser proclamado. Y Moody eligió proclamarlo".

Para reflexionar:

¿En qué área de mi vida estoy dejando que el perfeccionismo me paralice?

¿Necesito pedir perdón por criticar a otros que sí están intentando compartir su fe?

¿Cuál es el siguiente paso sencillo que puedo dar para ser un testigo más fiel, aunque sea imperfecto?

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¿has sentido alguna vez el temor de no hacerlo "perfecto" al hablar de Jesús?

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