Es impresionante el poder que tienen las palabras:
construyen o destruyen. Nos acercan o terminan aislándonos por completo.
Hablemos primero de los puentes, del arte tan vital y
cercano de conectar con los demás.
Cuando elegimos las palabras correctas para unir, todo a
nuestro alrededor cambia.
Usar las palabras como puente
Cuando usamos la palabra como puente, hablamos con empatía, que es tan sencillo como validar lo que el otro siente, y decirle: “Comprendo por lo que estás
pasando... ¿cómo te ayudo?”. Un gesto así de solidario genera confianza de
inmediato.
Cuando usamos las palabras como puente resaltamos el
aprecio, que no es más que reconocer el valor de la gente. Un simple “Gracias
por tu esfuerzo, de verdad lo valoro” le cambia el día a cualquiera y estrecha
el vínculo.
Cuando usamos la palabra como puente establecemos el
diálogo, que nos abre caminos para entendernos. Cuando decimos: “Ven, vamos a
buscar una solución juntos”, el conflicto se desarma y todo fluye mejor.
Cuando usamos las palabras como puente colocamos el
perdón como prioridad, porque sana lo que se ha roto.
Decir “me equivoqué, lo siento, perdóname” requiere mucha
valentía, sí, pero es la forma más rápida de derribar barreras. Ya lo decía
el filósofo Confucio: “El que no puede perdonar a otros, destruye el puente por
el que él mismo tiene que pasar”.
Y el Señor Jesús fue todavía más allá cuando Pedro le preguntó si debía perdonar hasta siete veces. Él le contestó: “No te digo hasta siete, sino aun hasta setenta veces siete”. ¡Imagínate!
Está cita la encontramos en el Evangelio de Mateo capítulo
18.
Cuando usamos la palabra como puente tenemos la disposición de alentar a los demás, e impulsarlos con amor.
Frases como “creo
en ti, sé que puedes lograrlo”, no solo motivan, sino que le dan alas a la
autoestima de quien nos rodea.
Usar las palabras como muro
Está al otro lado de la moneda, las
palabras usadas como muros, que crean el peligro de dividir.
A veces, de forma descuidada o con mala intención,
levantamos barreras sin darnos cuenta del efecto devastador que ocasiona en
nuestros semejantes.
Como cuando caemos en la crítica destructiva y soltamos
ese tajante: “Es que siempre haces todo mal”. Eso no corrige a nadie, solo
siembra resentimiento.
O hacemos uso del desprecio, al decir: “No me importa lo
que pienses”. Ahí cerramos la puerta en la cara y ponemos una distancia
larguísima.
Qué decir de los insultos, como un “Eres un inútil”... Eso va directo a la dignidad y solo alimenta la agresividad.
Construye muros hablar con indiferencia, con el típico:
“Haz lo que quieras, me da igual”. Eso duele inmensamente, porque deja a la
otra persona desamparada.
Y, por supuesto, que crea barreras el sarcasmo hiriente; disfrazar la ironía con un “claro, seguro que eres el mejor en todo”, humilla en silencio y termina ahuyentando a la gente.
Por eso vale la pena detenerse un segundo, mirar atrás y preguntarnos ¿qué estamos construyendo con lo que decimos? ¿Puentes o muros?


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Cristo te ama y me ama. Quiere que estemos en comunicación.