CUANDO EL ENEMIGO SE SIENTA A LA MESA

Hay puertas que se abren con una llave. Y hay otras que se abren con algo mucho más poderoso: la confianza.

Los casos de dos músicos: Julián Oro Duro, en Santo Domingo, y de Jonathan Meléndez, tecladista del grupo musical Camilo Séptimo, en México, presentan, según lo que han señalado las investigaciones y autoridades en cada caso, un elemento que estremece: "la cercanía".

En el primer caso, Zeneida, esposa de Julián Oro Duro, fue asesinada y él quedó gravemente herido. En el segundo, Jonathan Meléndez fue asesinado junto a su esposa embarazada, su hija de tres años, la empleada del hogar y su perro. Solo escapó su hijo de 6 años que logró  esconderse sin que los asesinos lo detectaran.

Las circunstancias de ambos hechos son diferentes y las investigaciones tienen sus propias particularidades.

Pero hay un punto que invita a la reflexión: "el peligro, aparentemente, no habría llegado desde una puerta desconocida, sino desde un espacio al que alguien tuvo acceso por la confianza previamente construida."

Y eso nos lleva a una antigua advertencia de la Biblia.

1. La cercanía puede convertirse en una puerta de entrada. Ningún atacante necesita forzar una cerradura cuando ya tiene una llave.

En el caso mexicano, las autoridades señalaron al principal sospechoso como socio comercial de la víctima y plantearon que habría aprovechado la confianza existente para acceder al domicilio con el consentimiento de la familia.

Si esa hipótesis es confirmada por la investigación y los tribunales, hay una imagen difícil de ignorar: la puerta no habría sido abierta desde afuera; habría sido abierta desde adentro de una relación.

La Biblia conoce demasiado bien esa clase de dolor.

Judas no llegó a Jesús como un desconocido. Había caminado con Él, había escuchado sus enseñanzas y había compartido la mesa con Él. Cuando Jesús anunció que uno de los discípulos lo entregaría, dijo: "El que mete la mano conmigo en el plato, ése me ha de entregar." (Mateo 26:23).

La Escritura nos recuerda así una verdad dolorosa: la proximidad no siempre es garantía de seguridad y a veces, precisamente porque conocemos a alguien, dejamos de mirar con discernimiento.

2. La confianza: una virtud que también necesita sabiduría

Aquí debemos detenernos. La Biblia no nos enseña a vivir desconfiando de todo el mundo. Dios nos creó para relacionarnos, amar, colaborar y construir vínculos.

Pero una cosa es confiar en las personas y otra muy diferente es colocar en ellas nuestra seguridad absoluta.

Jeremías lo expresa con una advertencia fuerte: "Maldito el varón que confía en el hombre, y pone carne por su brazo, y su corazón se aparta de Jehová." (Jeremías 17:5).

No se trata de condenar la confianza humana. Se trata de recordar que ningún ser humano puede ocupar el lugar que corresponde a Dios, porque el corazón humano, el nuestro y el de los demás, necesita discernimiento.

Un corazón puede amar sinceramente y, aun así, equivocarse al juzgar las intenciones de otra persona y por eso la confianza cristiana no debe ser ingenuidad. Confiar en Dios no significa dejar de ejercer prudencia.

3. Cuando la envidia mira lo que otro ha construido.

Cuando en un crimen aparece el dinero como posible móvil, existe otra pregunta que inevitablemente surge: ¿qué ocurre en el corazón de quien contempla lo que otro ha conseguido?

La envidia rara vez comienza con un arma.

Muchas veces comienza con una mirada.

Con la comparación.

Con ese pensamiento silencioso: '¿Por qué él tiene lo que yo quiero?'

Caín no mató a Abel porque le faltara alimento. El relato de Génesis muestra que su corazón se llenó de enojo y resentimiento cuando la ofrenda de su hermano fue recibida favorablemente.

La envidia puede crecer en silencio.

Puede sentarse a la mesa.

Puede trabajar al lado de nosotros.

Puede incluso sonreírnos.

Santiago describe la raíz del problema con palabras contundentes:

"Codiciáis, y no tenéis; matáis y ardéis de envidia." (Santiago 4:2).

No significa que toda envidia termine en violencia. Sería una conclusión injustificada. Pero sí nos muestra algo profundo: el deseo desordenado de poseer lo que pertenece a otro puede comenzar una batalla dentro del corazón mucho antes de que alguien vea sus consecuencias afuera.

4. La prudencia también es una forma de sabiduría. Hay otra reflexión que debemos abordar con mucho cuidado.

Cuando una persona es víctima de un crimen, la responsabilidad del crimen pertenece al victimario. Nada de lo que una víctima haya hecho justifica que alguien la ataque, robe o asesine.

Pero la Biblia sí nos invita a cultivar el discernimiento.

Jesús dijo: "Sed, pues, prudentes como serpientes, y sencillos como palomas." (Mateo 10:16). Qué combinación tan extraordinaria.

Sencillez sin ingenuidad.

Prudencia sin paranoia.

Amor sin ceguera.

No siempre podemos saber quién nos envidia.

No siempre podemos anticipar una traición.

Y no debemos vivir mirando a cada persona cercana como un posible enemigo.

Pero sí podemos preguntarnos:

¿A quién le cuento mis planes?

¿Quién tiene acceso a mi casa?

¿Quién conoce mis asuntos financieros?

¿Quién conoce mis debilidades?

¿Estoy entregando a otros información, autoridad o acceso que debería manejar con mayor prudencia?

La sabiduría bíblica no nos llama a levantar muros contra todos.

Nos llama a aprender a discernir las puertas que abrimos.

Dónde poner el ancla.

Ni Julián Oro Duro en Santo Domingo, ni Jonathan Meléndez en México podían saber todo lo que, según las investigaciones, estaba ocurriendo a su alrededor y ese es precisamente el límite de nuestra percepción.

Podemos conocer a alguien durante años y no conocer todo lo que ocurre en su corazón.

Podemos confiar y equivocarnos.

Podemos ser prudentes y, aun así, no prever una tragedia.

Por eso nuestra seguridad última no puede descansar en nuestra capacidad para leer perfectamente a los demás.

El profeta Jeremías ofrece el contraste: "Bendito el varón que confía en Jehová, y cuya confianza es Jehová." (Jeremías 17:7).  y tal vez esa sea la lección más profunda.

La Biblia no nos enseña a vivir con miedo de las personas. Nos enseña a no convertir a las personas en nuestro refugio absoluto.

La cercanía humana seguirá siendo necesaria.

La amistad seguirá siendo hermosa.

La confianza seguirá siendo indispensable para construir una familia, una comunidad y una sociedad.

Pero cuando la confianza humana ocupa el lugar de Dios, se convierte en un ancla demasiado frágil.

Porque las personas pueden fallarnos.

Nosotros también podemos fallarles.

Dios, en cambio, sigue siendo el lugar donde el corazón puede echar su ancla. 

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