Poseía edificios, negocios y más dinero del que podría gastar en varias vidas.
En uno de sus edificios, en un modesto cuarto del último piso, vivía un hombre muy diferente.
Se llamaba don Manuel Rosas, un colportor, es decir un humilde vendedor itinerante de Biblias, que recorría las calles de la ciudad ofreciendo la palabra de Dios de puerta en puerta.
Su cuarto era pequeño y sencillo, pero siempre se le veía con una sonrisa en el rostro y una paz que iluminaba a quienes lo conocían.
Cada mes, cuando Don Manuel subía a la oficina de don Sebastián para pagar su renta, el rico empresario no perdía la oportunidad de burlarse de él.
—¿Todavía andas vendiendo esos libros viejos, Manuel? le decía con desdén.
—Mírate, viviendo en ese cuartucho, apenas ganando para comer. Y todavía hablas de tu Dios como si fuera a resolver tus problemas.
Don Manuel simplemente sonreía con humildad y le decía:
—Don Sebastián, mi Dios me da lo que necesito: paz, propósito y esperanza. Eso vale más que cualquier riqueza. Le decía amorosamente Don Manuel.
El empresario soltaba una carcajada seca.
—¿Paz? ¿Propósito? ¡Tonterías! Yo te voy a decir cuál es el único dios que importa en este mundo: el dinero. Con dinero tengo poder, soluciono problemas, compro lo que quiero, y mi familia tiene todo. Tu Dios no te ha dado ni siquiera un auto decente en el cual salir a vender tus dichosas biblias. Mi dios, decía golpeando su escritorio de caoba, me ha dado un imperio.
Don Manuel nunca discutía. Simplemente dejaba su pago sobre el escritorio y se despedía con respeto:
—Que Dios lo bendiga, don Sebastián.
Los meses pasaban y la rutina se repetía.
Don Sebastián vivía rodeado de lujos, con su esposa Carolina Garcés y su único hijo, Andrés, un joven de veintitrés años que era su alegría y heredero de su vasto imperio.
El joven Andrés, pese a las actitudes y modo de vivir de su padre, visitaba la iglesia con su madre. Había aceptado al Señor Jesús como su salvador, se bautizó por recomendación de su madre, y se congregaba con los jóvenes de la iglesia a la que con constancia asistían.
Su madre, Carolina, temerosa seguidora de Jesús desde su tierna infancia, le había enseñado desde pequeño el amor a Dios y la necesidad de seguir a Jesucristo como la verdad que daba sentido a la vida.
Todavía Carolina recuerda en silencio cuando sus padres, allá en su inolvidable pueblo, le enseñaban las riquezas de una vida cristiana y como terminó alejándose de la misma, tras enamorarse de Sebastián Montes, el heredero de don Fulgencio Montes, el acaudalado granjero que había amasado una fortuna usando tecnologías avanzadas en los establos y corrales que había heredado de su padre.
Los padres de Carolina, don Julio y doña Sonia Garcés, servidores de la obra cristiana por generaciones, conocían bien a la familia de su ahora yerno Sebastián.
Eran testigos de como la familia Montes había pasado de la humildad económica a la total riqueza gracias a sus negocios.
Los consideraban una familia de bien y sobre todo muy trabajadores y honestos, pero alejados totalmente de la fe cristiana.
Don Julio y y doña Sonia habían tratado por todas las formas posibles de hablarle de Jesús a Sebastián y su familia. Los invitaban a la iglesia, a actividades sociales cristianas, a reuniones en su casa, pero 'nunca tenían tiempo'.
Dadas las condiciones económicas de su padre Sebastián, el joven Andrés estudiaba en la mejor universidad de la ciudad, conducía autos importados y tenía un futuro brillante asegurado en las empresas de la familia. Sin embargo, tenía implantado en su corazón al Señor Jesús.
Un viernes de tarde, cuando don Sebastián revisaba contratos en su oficina, sonó su teléfono. Era un número desconocido.
—¿Señor Montes? preguntó una voz grave del otro lado. Soy el detective Ramírez. Necesito que venga al hospital central de inmediato. Se trata de su hijo.
El mundo de don Sebastián se detuvo.
—¿Qué pasó? ¿Está bien? ¡Dígame qué pasó!
—Lo siento mucho, señor. Su hijo tuvo un accidente automovilístico hace una hora. Hicimos todo lo posible, pero no sobrevivió al impacto.
El teléfono cayó de las manos del empresario.
Un grito ahogado salió de su garganta, mientras pensaba ¿que había ocurrido? ¿Que falló?
En un instante, sintió la ineficacia de su su imperio terrenal, su dinero, su poder. Nada importaba. Ya nada servía más. Su único hijo, su razón de vivir, había muerto.
Sebastián llamó rápidamente a su esposa Carolina, para comunicarle la trágica noticia.
Ella solo pudo pronunciar con voz quebrada: "que sea la voluntad de Dios", mientras recordaba que Sebastián su esposo, le había ordenado a su hijo que fuera a una fiesta que ofrecían los hijos de unos empresarios amigos, obviando el deseo de Andrés de ir a la reunión de los jóvenes de la iglesia de esa noche.
El funeral del joven Andrés fue lujoso, y contó con la presencia de personas acaudaladas e importantes, arreglos florales que costaban fortunas, un ataúd en madera preciosa con incrustaciones de oro.
Pero nada podía llenar el vacío desgarrador que en el pecho de don Sebastián se había hecho espacio.
Los días siguientes fueron un infierno de dolor. Intentó sumergirse en el trabajo, pero las cifras en los papeles no tenían sentido.
Intentó distraerse con viajes, pero cada lugar le recordaba a su hijo.
Por las noches, en su mansión vacía, lloraba en silencio preguntándose: "¿Para qué sirve todo esto ahora?"
Una tarde, varias semanas después del funeral, don Sebastián subió al último piso de su edificio.
No sabía bien por qué, pero sus pasos lo llevaron hasta la puerta del cuarto de don Manuel y tocó con suavidad.
Don Manuel abrió la puerta y al ver al empresario, con los ojos enrojecidos y el rostro demacrado, su corazón se conmovió.
—Don Sebastián... pase, por favor.
El empresario entró al humilde cuarto. Se desplomó en la única silla disponible y por primera vez en su vida, lloró su dolor abiertamente.
—Manuel, "mi hijo, mi hijo se fue. Y todo mi dinero, todo mi poder, no pudo hacer nada. No pude salvarlo. No puedo traerlo de regreso. No puedo". Decía Don Sebastián en medio de un desconsolado llanto.
Su voz se rompió mientras decía, "no puedo ni siquiera dormir por las noches. No encuentro paz. No encuentro consuelo. Mi dios... mi dios el dinero, me ha fallado."
Don Manuel se sentó frente a él, con lágrimas en sus propios ojos.
—Don Sebastián, lamento tanto su pérdida. No puedo imaginar su dolor.
El empresario levantó la vista, con desesperación en sus ojos.
—Tú siempre hablabas de tu Dios, de paz, de esperanza. Yo me burlaba de ti. Pero ahora... ahora no tengo nada. Dime, ¿tu Dios puede darme algo que mi dinero no puede comprar? ¿Puede darme paz en medio de este dolor?
Don Manuel tomó su Biblia, gastada de tanto uso, y la abrió con cuidado.
—Don Sebastián, mi Dios no promete que no tendremos dolor en esta vida. Pero promete estar con nosotros en ese dolor. Jesús dijo: "Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados, y yo les daré descanso." Él conoce el dolor de perder a un hijo, porque Él mismo entregó a su Hijo para salvarnos al morir crucificado en la cruz del calvario.
Por primera vez en semanas, algo se movió en el corazón endurecido de Don Sebastián.
—¿Y qué tengo que hacer? —preguntó con voz ronca.
—Reconocer que las riquezas de este mundo son temporales, pero que Dios ofrece algo eterno. Admitir que necesitamos algo más grande que nosotros mismos y aceptar el amor y el perdón que Dios ofrece gratuitamente.
Es sencillo rendirse ante los pies de nuestro salvador Jesús, sabiendo que es el hijo de Dios, que murió en la cruz por nuestros pecados, resucitó de los muertos y hoy está en el cielo a la diestra de Dios asegurándonos la salvación eterna.
Esa tarde, en aquella habitación humilde, el orgulloso empresario se arrodilló por primera vez en su vida y con lágrimas sinceras, le pidió a Dios que ocupara el lugar que todo su dinero nunca pudo llenar, que le perdonara sus pecados y le concediera una nueva vida en Cristo Jesús.
No fue que el dolor desapareciera de inmediato.
Don Sebastián seguiría extrañando a su hijo cada día.
Pero algo había cambiado: ahora tenía una esperanza que trascendía esta vida, una paz que el dinero nunca pudo comprar, y la certeza inquebrantable de que, puesto que su hijo había muerto en la fe y él mismo ya la había abrazado, el adiós terrenal era solo temporal.
Don Manuel, al ser testigo de la quebrantada fe y la subsiguiente conversión de Don Sebastián, sintió un fuego renovado por la misión. Él sabía que el dolor del empresario no era único; la ciudad estaba llena de almas ricas y pobres por igual, perdidas en la vanidad de una vida temporal y frágil.
Un día, Don Sebastián subió al cuarto de don Manuel, no para cobrar, sino para ofrecerle que aceptara convertir un almacén de su propiedad en una institución para adorar a Dios, distribuir biblias, enseñar doctrina cristiana y servir a la comunidad.
Don Manuel lo aceptó como el primer fruto de la nueva vida de Don Sebastián.
Dedicaron sus energías a fundar el "Refugio la palabra": un lugar vibrante de actividad, donde Don Manuel ya no vendía Biblias, sino que las regalaba con pasión evangelística, compartiendo su fe con todos los que se acercaban.
Ambos hombres trabajaron en la edificación del verdadero tesoro: no era el oro ni la plata, sino la vida eterna garantizada en Jesucristo, aquella promesa que les aseguraba el glorioso reencuentro de un padre con su hijo, un tesoro que ni la polilla ni el óxido pueden destruir, y que ninguna tragedia puede arrebatar.
*Inspirado en la historia compartida por el pastor Salvador Dellutri en su podcast, Tierra Firme.

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