EL ALTAR DE EL MENCHO


Este comentario no busca alimentar el morbo ni centrarse en la figura del criminal, sino aclarar un hecho espiritual que debe hacernos reflexionar profundamente.

Se ha informado que en la casa de Nemesio Oseguera Cervantes se encontró un papel donde había copiado en su propia letra,  parte del Salmo 91, un texto bíblico que habla de la protección divina. 

Esto revela algo que ocurre con frecuencia: personas que viven en abierta oposición a la voluntad de Dios, pero que al mismo tiempo se aferran a símbolos religiosos, oraciones o textos sagrados como si fueran escudos mágicos.

La fe bíblica nunca ha sido eso.

El Salmo 91 no es una fórmula de protección automática.

No es un conjuro espiritual que protege a quien lo repite sin importar cómo vive. 

Es la expresión de confianza de quien habita “al abrigo del Altísimo”, es decir, de quien vive en comunión con Dios, en reverencia, en obediencia y en rendición del corazón.

El problema no es leer un salmo.

El problema es pretender que la presencia de Dios se puede invocar sin someterse a su señorío.

La Escritura es clara: Dios no habita en altares externos construidos por manos humanas cuando el corazón permanece endurecido. El verdadero altar de Dios está en el corazón quebrantado y arrepentido. 

Allí desciende su misericordia. 

Allí obra su protección. 

Allí comienza su presencia transformadora.

Desde los profetas del Antiguo Testamento hasta las palabras de Jesús, el mensaje ha sido el mismo:

  • El culto sin obediencia es una ofensa.
  • La religiosidad sin arrepentimiento es autoengaño.
  • La invocación del nombre de Dios mientras se practica la injusticia es profanación.

Por eso es necesario decir algo más, aunque incomode.

Durante siglos, muchos sistemas religiosos han contribuido consciente o inconscientemente a que personas crean que pueden recibir protección divina mediante actos externos, promesas rituales, objetos bendecidos o prácticas devocionales, aun cuando sus vidas contradicen abiertamente la ley de Dios. 

Cuando la religión enseña que lo sagrado protege sin exigir conversión del corazón, se transforma en cómplice del engaño espiritual.

No se trata de señalar individuos, sino de reconocer un peligro real: cuando los líderes religiosos no llaman al arrepentimiento radical, sino que tranquilizan conciencias sin transformación, ayudan a sostener una ilusión peligrosa.

Dios no protege la maldad porque se reciten palabras sagradas. 

Dios no se deja manipular por gestos religiosos. 

Dios no habita donde no hay rendición del corazón.

La verdadera protección divina no nace de repetir un salmo, sino de vivir bajo el señorío de aquel que el salmo proclama.

Porque el refugio de Dios no es un texto escrito en un papel. Es una vida entregada en humildad.

Y el altar donde Dios se manifiesta no está en una mesa llena de objetos religiosos, sino en el corazón que reconoce su pecado, se vuelve a Él y decide caminar en su justicia.

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